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	<title>Blog de José María Doria</title>
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	<description>Escuela Española de Desarrollo Transpersonal</description>
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		<title>Conferencia de José María Doria en Cali</title>
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		<pubDate>Wed, 16 May 2012 22:08:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Conferencia de José María Doria en Cali &#8220;Escuchar sin dar respuestas ni consejos no solicitados no sólo es un acto de amor, sino también una muestra de inteligencia&#8221;. &#8220;Atención a los imprevistos. El Universo conspira con regalos ocultos y enseñanzas insospechadas&#8221;. Jose María Doria es el fundador y director de la Escuela Española de Desarrollo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Conferencia de José María Doria en Cali</strong><strong><span id="more-2070"></span></strong></p>
<p><img class="alignleft size-full wp-image-1979" title="Conquistar la serenidad" src="http://blog.jmdoria.com/wp-content/uploads/2012/04/mindfullness.jpg" alt="Conquistar la serenidad" width="200" height="213" /></p>
<p>&#8220;Escuchar sin dar respuestas ni consejos no solicitados no sólo es un acto de amor, sino también una muestra de inteligencia&#8221;.</p>
<p>&#8220;Atención a los imprevistos. El Universo conspira con regalos ocultos y enseñanzas insospechadas&#8221;.</p>
<p>Jose María Doria es el fundador y director de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal, escritor y también miembro fundador del Instituto de Investigación de Nuevos Paradigmas.</p>
<p>Es Máster en Psicología, Licenciado en Derecho y Máster en Alta Dirección de Empresas.</p>
<p>Trabaja como director de la Escuela Transpersonal y como formador de profesores e instructores de desarrollo personal y transpersonal.</p>
<p>Sus investigaciones humanistas entre América y Asia se traslucen en sus programas de educación emocional y sus conferencias en foros nacionales e internacionales.</p>
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		<title>Conferencia de José María Doria en Bogotá</title>
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		<pubDate>Wed, 16 May 2012 22:04:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Conferencia de José María Doria en Bogotá &#8220;Escuchar sin dar respuestas ni consejos no solicitados no sólo es un acto de amor, sino también una muestra de inteligencia&#8221;. &#8220;Atención a los imprevistos. El Universo conspira con regalos ocultos y enseñanzas insospechadas&#8221;. Jose María Doria es el fundador y director de la Escuela Española de Desarrollo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Conferencia de José María Doria en Bogotá</strong><strong><span id="more-2068"></span></strong></p>
<p><img class="alignleft size-full wp-image-1979" title="Conquistar la serenidad" src="http://blog.jmdoria.com/wp-content/uploads/2012/04/mindfullness.jpg" alt="Conquistar la serenidad" width="200" height="213" /></p>
<p>&#8220;Escuchar sin dar respuestas ni consejos no solicitados no sólo es un acto de amor, sino también una muestra de inteligencia&#8221;.</p>
<p>&#8220;Atención a los imprevistos. El Universo conspira con regalos ocultos y enseñanzas insospechadas&#8221;.</p>
<p>Jose María Doria es el fundador y director de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal, escritor y también miembro fundador del Instituto de Investigación de Nuevos Paradigmas.</p>
<p>Es Máster en Psicología, Licenciado en Derecho y Máster en Alta Dirección de Empresas.</p>
<p>Trabaja como director de la Escuela Transpersonal y como formador de profesores e instructores de desarrollo personal y transpersonal.</p>
<p>Sus investigaciones humanistas entre América y Asia se traslucen en sus programas de educación emocional y sus conferencias en foros nacionales e internacionales.</p>
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		<title>El pozo más profundo</title>
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		<pubDate>Mon, 14 May 2012 06:02:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José María Doria</dc:creator>
				<category><![CDATA[Mágico vivir]]></category>
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		<description><![CDATA[Durante los primeros años del nuevo milenio todo se confabuló para emprender uno de los proyectos que más entusiasmo y entrega han demandado de mi vida. El proyecto era la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal. -“¿Te vas a complicar la vida?”, me decían algunos conocidos ante el intenso trabajo que se avecinaba y el compromiso [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em> </em></p>
<h5>Durante los primeros años del nuevo milenio todo se confabuló para emprender uno de los proyectos que más entusiasmo y entrega han demandado de mi vida. El proyecto era la  Escuela Española de Desarrollo Transpersonal.</h5>
<p><em>-“¿Te vas a complicar la vida?”, <span id="more-2047"></span></em>me decían algunos conocidos ante el intenso trabajo que se avecinaba y el compromiso que suponía constituir una entidad con tal destino. A nadie escapaba la idea del reto que iba a suponer estructurar eficazmente las enseñanzas y lograr capacitar profesionalmente a los futuros Terapeutas y Educadores Transpersonales.</p>
<p><em>“Lo siento inevitable…les decía a mis amigos. Cada día tengo en mi consulta a más profesionales de la psicología y la educación, queriendo integrar esta nueva  forma de ver y vivir que expreso en mis cursos y libros”</em></p>
<p>Sabía que el reto era de una gran envergadura futura. Sin embargo, algo latía muy dentro de mí como para no compartir lo que había ya descubierto con buenos resultados a lo largo de más de 10.000 consultas.</p>
<p><img class="alignleft size-medium wp-image-2053" title="El pozo más profundo" src="http://blog.jmdoria.com/wp-content/uploads/2012/05/pozo-mas-profundo-280x408.jpg" alt="El pozo más profundo" width="280" height="408" />El reto estaba en integrar la psicología y la meditación en un <em>corpus</em> de conocimiento teórico y práctico, que animase a ejercer como terapeutas y educadores a aquellas personas con vocación de crecimiento y servicio. Sentía que la Escuela nacía para quienes no sólo fuesen profesionales humanistas, sino también para muchas otras que, sin haber necesariamente cursado estudios especializados, anhelaban capacitarse y servir como futuros acompañantes del alma.</p>
<p>Sabía que aquel proyecto barrería con el modelo de vida que había llevado aquel viajero que hasta entonces encarné. Mi persona iba por libre, bailando entre amigos, países y con la menor agenda posible. En realidad, antes de emprender este proyecto, me costaba mucho hacer planes de futuro y comprometer mi tiempo tan siquiera a días vista. No sabía otra forma de vivir que fluir por entre los pliegues de lo inesperado.</p>
<p>Al comenzar mi compromiso con organizar lo que al cabo del tiempo ya supondría una formación con tres años de instrucción metodológica, sentí que aquel río de flujo libre que mi persona representaba, era de pronto detenido por imperativos de la coherencia y mecanizado mediante angostas tuberías. Y aunque pareciera que me estaba cortando las alas, sentía que aquella era la forma que tocaba para compartir eficazmente la energía de conocimiento, amor y experiencia hacia todo aquel que resonase con mi llamada. Aquel viajero soñador atravesó resistencias intuyendo que la verdadera libertad, estaba en la íntima coherencia con los propios valores.</p>
<p>A todo esto me preguntaba:<em> </em></p>
<p><em>¿Dónde impartir la formación? ¿Dónde encontrar un lugar físico que inspire una atmósfera capaz de conjugar lo académico y lo contemplativo? ¿Existe algún sitio neutro que carezca de imágenes religiosas y que a su vez invite al recogimiento y al silencio?</em></p>
<p>Durante los tres primeros años de la Escuela, fue la inteligencia de vida la que de manera mágica me condujo hasta un monasterio de benedictinos en Toledo, lugar en el que impartí formación a las tres primeras promociones de aquella naciente Escuela. Sus paredes de piedra, las celdas monásticas y el espectacular espacio en el que realizábamos la práctica contemplativa, compensaban la energía que allí emanaba de doctrinas, creencias y preceptos. En aquel bello entorno se percibía esa austeridad masculina carente de lo femenino. En realidad, el lugar no era afectivo y en nada se parecía a la combinación entre sobriedad y refinamiento que yo buscaba como entorno integral de desarrollo.</p>
<p>Es por ello que me preguntaba una y otra vez:</p>
<p><em>¿Dónde hallar un espacio entonado con la dimensión espiritual que en su más amplia vacuidad, integre el rigor y la benevolencia, al tiempo que no esté lleno de mensajes doctrinales e ideológicos?</em></p>
<p>Pues bien, todo se armonizó para que en ese momento se me legasen algunos bienes de mi familia. Se trataba de una suma capaz de animarme a comprar una tierra cerca de Madrid. Estaba dispuesto a construir lo que sentía como un Monasterio del siglo XXI. Y de manera no casual, al poco apareció la tierra con las características que deseaba. Se hallaba cerca de una estación de tren, a media hora de Madrid, en un ambiente silvestre y sin asfaltar, cerca de un lago… Era la primera fase de una bella colina con centenarias encinas que serviría de base física a un proyecto iluminado, un proyecto que con perseverancia, honestidad y trabajo, llegaría al 2012 habiendo reunido a 30 colaboradores y movilizando a 400 alumnos al año en tres idiomas.</p>
<p><em>¿Qué fue lo primero que se me ocurrió hacer cuando escrituré aquel terreno de montaña?</em></p>
<p>Junto a la tierra, no podía buscar otra cosa que el agua. En realidad observé que mis vecinos tenían un pozo de agua y además, no en vano habían llamado mi atención varios anuncios que ofrecían la posibilidad de perforar en su búsqueda.</p>
<p>El “pocero” resultó ser un hombre de unos 50 años que se proclamaba como zahorí. Afirmó que tenia sensibilidad suficiente como para captar el sitio exacto en el que pinchando a cierta profundidad, saldría agua. Le creí.</p>
<p>Por lo que acordamos, el plan consistía primero en localizar el punto a perforar y segundo, aplicar toda una tecnología a base de taladros de varios metros que se irían empalmando conforme se fuese profundizando en busca del agua.</p>
<p>Pregunte a cuántos metros de profundidad calculaba que estaría el agua. Me dijo que igual a los 30  metros y que el máximo a perforar, no solía ser más de 70 metros.</p>
<p><em>¿70 metros? ¡¡ Qué barbaridad!!</em> Pensé.</p>
<p>Era cuestión de fe. Había que jugársela porque no estaba garantizado que al perforar encontrásemos agua, pero había que arriesgar. En realidad era mi primera acción sobre aquella tierra, una especie de “primera piedra” que por su carácter intuitivo estaba llena de significado simbólico.</p>
<p>A los pocos días observé como la maquinaria del pocero entraba en el terreno y comenzaba la perforación. La tierra comenzó a temblar y el taladro a profundizar.</p>
<p>Cuando llevaba 10  metros de profundidad me tuve que ir del lugar quedando en contacto telefónico con los que manejaban la máquina de aquel gran taladro. Acordamos que estaría en todo momento informado. Pasadas 8 horas, sonó el teléfono y me dijo el pocero que habían llegado a los 50 metros, y que nada… sin rastro de agua, pero que estaba seguro de que allí había una corriente subterránea. Me pidió pues, autorización para continuar con todo lo que eso suponía a nivel técnico y económico. Arriesgué y di mi aprobación.</p>
<p>Al día siguiente el teléfono sonó y me dijo que habían llegado a ¡¡¡75 metros y no había agua!!! Y que era tan solo yo quien debería autorizar el seguir adelante con todos los riesgos que suponía perforar a niveles tan profundos.</p>
<p><em>¿Se atreven ustedes?</em> Pregunté al equipo del pocero.</p>
<p>A lo que respondieron:<em> “Por nuestra parte, podemos seguir intentando… solo falta que usted dé su aprobación”. </em></p>
<p>Una vez más tenía que arriesgar. Sabía que podía perforar por otro sitio del terreno, buscar otro lugar, comenzar de nuevo otro pozo,… Sin embargo algo muy hondo me decía:</p>
<p><em>“No disperses, profundiza”.</em></p>
<p>Mi respuesta brotó casi inesperada <em>¡¡SÍ, Adelante!!</em> En realidad si me la había jugado hasta 75 metros, también me la jugaría en 25 metros más.</p>
<p>Visité de nuevo la tierra y constaté como la máquina perforadora vibraba temblorosa al taladrar tan profundo. El pocero me dijo entonces.</p>
<p><em>“Esta máquina está preparada para llegar hasta 100  metros. Es muy raro que tengamos que perforar hasta tanto, en general el agua aparece a menos profundidad, pero bueno, nunca se sabe… Desde luego, yo sigo sintiendo este punto como de agua”</em>.<em> </em></p>
<p>Me pregunté si este buen hombre estaría empeñado por honor a su identidad de zahorí, o bien por pasarme una factura feroz en base a mi insistencia, aunque ¿Y si realmente sentía que el empeño en seguir perforando, al igual que yo, merecía realmente la pena?</p>
<p><em>¡Adelante, sigamos!</em>, le dije muy seguro.</p>
<p>Y mientras la máquina perforaba en aquella sagrada plataforma del futuro monasterio, un monasterio en el que se profundizaría en la conciencia mediante la investigación y el silencio, me retiré a realizar mi trabajo en Madrid.</p>
<p>A las pocas horas el teléfono volvió a sonar.</p>
<p><em>“Hemos llegado a 100 metros y sin resultado. La máquina tiembla del esfuerzo. Es la mayor profundidad que hemos perforado en esta región buscando agua. ¿Qué hacemos?</em>”</p>
<p>La prueba de este “primer obstáculo” en el camino demandaba riesgo, pero también sensatez. De nuevo sentí tentaciones de cambiar de lugar y tal vez a 30 o 40 metros encontraría agua, sin embargo algo me seguía diciendo que si habíamos llegado hasta aquí, llegariamos hasta el final.</p>
<p>Y pensé: <em>“Me la había jugado a 100 metros, ¿me la jugaría a 120?”</em> Les dije: <em>¡¡¡SÍ, adelante!!!</em></p>
<p>No lo dudaron. A pesar de los riesgos estaban tan empeñados como yo en superar el obstáculo.</p>
<p>Pasaron las horas… El teléfono empezó a sonar a los 125 metros. Sin resultado…</p>
<p>Mi razón y capacidad de perseverar también estaba rozando los límites. Y contra todo pronóstico decidí no tirar la toalla y profundizar… profundizar… lo ordené de manera muy poco lógica y sin dar pie a la duda.</p>
<p><em>¡¡¡Sigamos, adelante. Enfoquemos toda nuestra energía!!! </em></p>
<p>Aceptaron dubitativos y sobre todo con ciertas resistencias por parte del pocero que veía técnicamente peligrosa la acometida.</p>
<p>Recuerdo que confiaba de una manera extraña en que lo que estaba haciendo es lo que tenía que hacer. En realidad mi vida había estado llena de pequeños y superficiales pozos en la búsqueda de lo primordial. De un curso había saltado a otro, de una línea a otra y de un amor había saltado a otro. Había tenido muchas ocupaciones, había vivido en muchas ciudades. Mi vida había sido un saltar continuo entre picoteos y cambios externos.</p>
<p>Tal vez todo este proceder se debía a que, hasta ese momento, no había realmente encontrado un proyecto que integrase todas mis diferentes partes y necesidades. Con aquel proyecto me encontraba en el umbral de una nueva vida. Y el rumbo de la misma señalaba la profundidad como camino, la profundidad como expansión y apertura de la conciencia. Sabía que lo que íntimamente buscaba entre estudios y prácticas, estaba muy dentro, muy escondido, e intuía que habría muchos obstáculos en el camino para plantearme abandonar.</p>
<p>Recordaba que la idea central del libro milenario chino “I Ching” repetía una y otra vez, una rotunda frase cargada de verdad:</p>
<p><em>“La perseverancia trae ventura”</em></p>
<p>Y en este caso y frente al proyecto que latía en mi alma, estaba dispuesto a perseverar hasta donde literalmente fuese posible. Perseverar no sólo en mi simbólica búsqueda de agua, sino en la entrega e incansable laboriosidad que caracterizarían mi vida futura al servicio de aquel noble proyecto.</p>
<p>Muchas veces había sentido que el amor que buscaba, no lo encontraría sino desde una fuente muy profunda dentro de uno mismo. La paz y la alegría no serían resultado de una reacción ante la adquisición o la belleza que me rodease, sino que sería producto de un adentramiento hondo, muy hondo que precisaría perseverancia en la profundización como camino.</p>
<p>Estos eran mis pensamientos durante aquella tarde en la que conducía mi Volvo por la calle Príncipe de Vergara. Recuerdo con exactitud que eran las 17.00 y el Sol entraba por las calles. Era un momento mágico, de plena conciencia… De pronto, sonó el teléfono y al instante sentí la voz del pocero fatigada y rendida:</p>
<p><em>“Hemos llegado a 150 metros y no podemos más… las máquinas se queman, no tenemos más posibilidades&#8230; hay que plegar, no es posible continuar.” </em></p>
<p>Sentí que eso no era posible:</p>
<p><em>¡¡No puede ser!! </em></p>
<p><em>¡¡No concibo comenzar dando este primer paso en un proyecto así!! </em></p>
<p>Y de pronto en el meollo de mi desconcierto, sucedió un <em>click</em> por el que internamente acepté. Acepté sin resistencia alguna que había perdido la partida. Asumí que unas veces se gana y otras se pierde, y que al parecer ahora tacaba el polo de la pérdida. Al instante se presentó una inesperada y cálida oleada de confianza, insinuándome que tal vez incluso una ganancia mayor aguardaría. Llegué también a sentir que aprendería de todo error y lo convertiría en experiencia. Seguiría adelante mirando cómo superarme y progresar. De pronto, no me importaba lo sucedido, la vida seguía y tenía un proyecto por encima de todo.</p>
<p>En aquel momento telefónico entre el pocero y yo, se hizo un silencio de largos e intensos segundos…</p>
<p>Y fue justo en ese preciso instante cuando al otro lado del teléfono, se oyó de pronto un grito:</p>
<p><em>“¡¡¡Eeiihh espere!!! Le llamo ahora.” </em>y se colgó.<em> </em></p>
<p>Se hizo el silencio… Intuí que algo había pasado. Sin embargo suspendí expectativas y fluí por la calles de Madrid. A  los 2 minutos sonó el teléfono y la voz del zahorí dijo,</p>
<p><em>¡¡¡Milagroso, acaba de salir agua. Tiene usted un pozo de 2.000 litros hora!!!. </em></p>
<p><em>¡¡¡Hemos batido record de 150 metros de profundidad!!!</em></p>
<p><em>¡¡¡Nunca habíamos llegado tan profundo!!!</em></p>
<p>Sentí como el futuro se sembraba en el presente. El proyecto que sobre ese lugar se alzaría buscaría la profundidad como camino.</p>
<p>Y además mi ser constataba el dicho Zen que afirma:</p>
<p><em>El obstáculo <strong>es</strong> el camino.</em></p>
<p>Pasado el tiempo y ya construido el proyecto, no pude menos que reconocer la calidad humana que brotaba en aquel entorno. Aquella metáfora del pozo en relación con la profundidad de la búsqueda fundamental, constituyó la primera acción del futuro quehacer de la  Escuela como base de toda formación que allí se determinaría impartir:</p>
<p>Atravesar lo superficial y honrar lo profundo.</p>
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		<title>Conferencia de José María Doria en Quito</title>
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		<pubDate>Sat, 12 May 2012 13:20:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Conferencia de José María Doria en </strong><strong>Quito<span id="more-2058"></span></strong></p>
<p><img class="alignleft size-full wp-image-1979" title="Conquistar la serenidad" src="http://blog.jmdoria.com/wp-content/uploads/2012/04/mindfullness.jpg" alt="Conquistar la serenidad" width="200" height="213" /></p>
<p>&#8220;Escuchar sin dar respuestas ni consejos no solicitados no sólo es un acto de amor, sino también una muestra de inteligencia&#8221;.</p>
<p>&#8220;Atención a los imprevistos. El Universo conspira con regalos ocultos y enseñanzas insospechadas&#8221;.</p>
<p>Jose María Doria es el fundador y director de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal, escritor y también miembro fundador del Instituto de Investigación de Nuevos Paradigmas.</p>
<p>Es Máster en Psicología, Licenciado en Derecho y Máster en Alta Dirección de Empresas.</p>
<p>Trabaja como director de la Escuela Transpersonal y como formador de profesores e instructores de desarrollo personal y transpersonal.</p>
<p>Sus investigaciones humanistas entre América y Asia se traslucen en sus programas de educación emocional y sus conferencias en foros nacionales e internacionales.</p>
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		<title>El suicidio de mi hermano</title>
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		<pubDate>Mon, 07 May 2012 06:05:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José María Doria</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Esta historia está dedicada a mi hermano Alberto, un ser humano que no puedo menos que calificar como “muy peculiar”. Recuerdo que Alberto de pequeño, por las noches tenía una extraña afición consistente en pegarse horas y horas a la ventana mirando las estrellas y haciendo mapas del cielo. En mi caso y como hermano [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h5>Esta historia está dedicada a mi hermano Alberto, un ser humano que no puedo menos que calificar como “muy peculiar”. Recuerdo que Alberto de pequeño, por las noches tenía una extraña afición consistente en pegarse horas y horas a la ventana mirando las estrellas y haciendo mapas del cielo. En mi caso y como hermano menor le acompañaba en esta afición, pero mirando las ventanas del patio de vecinos por si pillaba alguna chica desnuda.</h5>
<p>A los catorce años decía estar en contacto con una entidad dimensional y extraterrestre de nombre Goral, entidad con la cual mantenía comunicación telepática casi constante. Para “hacer contacto” se ponía unas gafas negras y entraba en un estado de quietud. Al poco afirmaba que Goral le enviaba mensajes sobre asuntos del cielo y de la tierra.<span id="more-2033"></span>En aquella época troglodita en lo que respecta al conocimiento de la mente, mis padres se inquietaron mucho. Pensaron que el comportamiento de mi hermano obedecía a un problema de cordura por lo que tras el visto bueno del psiquiatra, lo ingresaron en el entonces llamado “manicomio”.</p>
<p><img class="alignleft size-medium wp-image-2041" title="El suicidio de mi hermano" src="http://blog.jmdoria.com/wp-content/uploads/2012/05/suicidio-de-mi-hermano-280x422.jpg" alt="El suicidio de mi hermano" width="280" height="422" />La experiencia Goral y momentos de descontrol, eran algo diagnosticable para los psiquiatras en aquella década de los 60, por lo que Alberto fue diagnosticado de esquizofrenia, palabra mágica por la que todos se quedaron tranquilos a la hora de ingresarlo y administrarle altas dosis <em>haloperidol</em>.</p>
<p>Cuando finalmente mi hermano cerró su particular ciclo y salió del “manicomio”, lo primero que hizo fue preparar sus cosas e irse de casa. Y así, aquel joven partió a Inglaterra con el sano propósito de vivir su vida.</p>
<p>Alberto con su locura, nos estaba haciendo cuerdos a todos los que lo rodeábamos… En realidad además de un tipo peculiar era un músico extraordinario, un virtuoso de la guitarra española. Hizo su carrera de música en el Reino Unido y durante años no supimos prácticamente nada de él. Un día notificó que se casaba, una cita a la que acudimos en tropel. Allí comprobamos que este singular personaje había madurado y encontrado un equilibrio en una gran familia inglesa que lo apreciaba y quería. No tuvo hijos, vivió una vida muy particular y su mujer, Sally, a todos nos emocionó por su sensibilidad y gran corazón. Pero al cabo de varios años la pareja se disolvió.</p>
<p>Estando así las cosas y encontrándome en mi segunda vida, la de buscador y peregrino, vivía un momento muy dulce en mi base de las Islas Canarias. Un día se me ocurrió contactarlo en su casa en Gran Bretaña y le dije:</p>
<p><em>“Aquí hay un lugar soleado y bello. ¿Por qué no vienes?”</em></p>
<p>Pasado un tiempo, aceptó la invitación y se presentó en Canarias con una casa rodante a cuestas arrastrada por un gran Volvo con los que ya se había recorrido buena parte de Europa. Su estilo de vida me sorprendía, ya que era un nómada absoluto, un músico y viajero de la vida que habían tildado de enfermo mental. Los médicos habían dicho que su enfermedad no tenía cura, y que tarde o temprano podía aparecer un brote psicótico, un brote en general acompañado de cierta violencia.</p>
<p>Alberto llegó a Canarias, lugar en donde lo atendí y le presenté amigos. No tardó mucho en hacer su vida y al cabo de un tiempo creó pareja con Mary, una mujer interesante con cinco hijos que durante siete años Alberto cuidó como si fueran suyos. En realidad fue como un padre para ellos ya que los fue educando y acompañando en sus procesos de crecimiento. Aquellos jóvenes le adoraban y realmente le profesaban un gran amor.</p>
<p>Al poco de llegar, hizo amistad con unos conocidos míos y montaron uno de sus sueños, “La taberna de Albert”. Allí se hizo muy popular, recibía gente, daba conciertos de guitarra, y a veces bebía un poco de más… y si así sucedía, mantenía siempre un estilo inglés de total corrección.</p>
<p>La vida transcurría en Canarias con normalidad, hasta que un día sucedió algo con sabor a destino. De pronto llamó la Policía por teléfono para informar que mi hermano estaba subido al alero de un edificio y amenazaba con matarse. Había bebido unas cervezas de más y afirmaba que se iba a suicidar. Habían conseguido detenerlo, y me pidieron que me hiciera cargo de él, porque allí todavía “había un problema”.</p>
<p>Eran las nueve y media de la noche. Lo encontré más lúcido de lo que parecía a primera vista. A veces me miraba de reojo, como si tuviese un plan que yo por supuesto desconocía. Me enteré de que su pareja había tenido un romance con un amigo íntimo de ambos. Aquello para su extrema sensibilidad era fuerte… Y al parecer en esas circunstancias había decidido morir, como supe posteriormente. Lo supe porque me dejó una carpeta con escritos que había realizado antes de ese episodio suicida.</p>
<p>A todo esto mi hermana Laura había acudido conmigo al lugar de la crisis. Así que ambos lo llevamos de vuelta a su casa y le acompañamos. Una vez allí Alberto se acercó al borde de la barandilla. Percibí su intención de lanzarse al vacío. Pude agarrarlo casi a punto de saltar. Me pregunté si no estaría poniéndome a prueba, para ver hasta qué punto yo jugaba la carta del “te quiero conmigo y no quiero que te pierdas”.</p>
<p>Aún así le dije: <em>“Te quiero, estoy contigo y quiero que vivas”. </em>Al poco se acostó y estando al lado de su cama, tuve de pronto la clara sensación de que tenía que dejarlo en paz. Pensé que cuando se despertase haría lo que quisiese hacer. Si Alberto quería suicidarse tendría sus razones. Lo había impedido una vez en la terraza, pero no podía estar permanentemente detrás para cogerlo en el aire. Alberto era mucho Alberto como para interrumpir su destino. Y dado que mi hermana Laura pensaba exactamente igual que yo dados los antecedentes de su vida, llegamos a la conclusión de que una vez quedase dormido, nos retiraríamos y respetaríamos su sentir. En realidad éramos vecinos y contaba con nosotros.</p>
<p>Al día siguiente me levanté y fui al despacho como de costumbre. A media mañana recibí una llamada telefónica informándome que mi hermano se acababa de lanzar al asfalto desde su casa, un quinto piso. Cuando me llamaron estaba tendido en la acera. Iban a recogerlo y llevarlo al depósito de cadáveres.</p>
<p>Me preguntaron qué quería yo hacer. Les dije que <em>“nada”,</em> que prosiguieran con sus trámites habituales. En aquellos momentos mantuve la cabeza bien fría. El acontecimiento tenía mucho más alcance que una pérdida emocional. No era en vano el trabajo interno que yo había realizado. Encajé la noticia pensando que aquel había sido su destino y su elección.</p>
<p>En consonancia con mi mentalidad de aquel entonces, decidí cuidar el aspecto “energía” del asunto. En aquella época participaba de algunas creencias, hoy por cierto trascendidas, respecto al llamado “mundo astral”. Había leído que algunos suicidas vagaban un tiempo en ese plano astral antes de encontrar su luz, su camino y su salida.</p>
<p>Es por ello que cuando comenzó a llegar gente a mi despacho exclamando <em>“¡Qué terrible…horror!”</em> procedí a neutralizar tales emanaciones. En realidad sin negar el dolor de la pérdida ni tapar el duelo, me mantuve sereno y logré detener a quienes intoxicaban con dramatizaciones morbosas.</p>
<p>No caí tampoco en la tentación de culpabilizar a su compañera del episodio emocional con el amigo. Reconozco que la situación me inspiraba un  respeto profundo a la vida del ser humano y a las decisiones de cada cual. Me parecían de más los juicios de valor y las cargas tan miopes de culpabilidad que suelen acostumbrarse.</p>
<p>Y sucedió que esa manera de reaccionar y dirigirme a los que llegaban, tan serena y vigilante, como radical y neutra, fue aminorando las emanaciones psíquicas que consideraba inoportunas para el supuesto  tránsito energético de mi hermano.</p>
<p>Estuve así ocupado varias horas. Hablé con mi familia, atendí sus llamadas,… pero siempre con un talante neutralizador. Pasó mucha gente y yo seguía controlando el nivel de la atmósfera psíquica circundante. Estuve así varias horas, ejerciendo de  “depurador psíquico”.</p>
<p>Cuando sentí que ya había hecho el “trabajo de la tierra”, es decir, el trabajo urgente, inmediato y visible, llegó mi momento de soledad y me dirigí a la catedral de la  Candelaria. Estaba vacía, me senté, respiré… y de pronto tuve la sensación de que aún me faltaba algo por hacer. Según mis creencias de entonces, sentía el deber de ayudar a mi hermano a “irse” de ese espacio desde dónde supuestamente podía vagar enredado.</p>
<p>Entonces centrando el enfoque de mi consciencia, invoqué ritualmente su presencia y mi experiencia. Fue así, tal cual:</p>
<p>Percibí de pronto la aparición de Alberto delante de mí, a unos tres metros de distancia. Flotaba en el aire al estilo de lo que suele denominarse como “entidad electro-plasmática”. Con total seriedad y firmeza le dije <em>“¡Vamos!”.</em> Sentí como tras pronunciarlo, salí de mi cuerpo, lo abracé, y empezamos a subir en espirales hacia arriba… en dirección de salida planetaria: al Universo. Conforme íbamos subiendo y subiendo, me iba asombrando de la claridad con la que podía mantener la experiencia sin ningún pensamiento “realista” que pudiera restarle calidad.</p>
<p>Estaba viviendo una experiencia continuada y sin interrupciones en la que no había ningún pensamiento intruso que interfiriera en lo más mínimo con el ejercicio que realizaba. Al poco, sentí como atravesamos una capa muy densa de energía que entonces interpreté como parte de la <em>psicosfera</em>.</p>
<p>Allí había más capas y el hecho de atravesarlas me hacía consciente de que para seguir avanzando debía hacer gala de una gran determinación de continuar. En realidad sentía una contrafuerza que trataba de detener nuestro ascenso y reorientar la espiral hacia abajo. Así pues, atravesamos abrazados capas inquietantes ante las que mi ser adoptaba un talante radical, casi militar, al tiempo que decía a mi hermano: “¡Sigue, sigue… enfoca… Arriba, Alberto, arriba, arriba, arriba, a la luz, a la luz, luz!”.</p>
<p>Así seguimos, subiendo, subiendo y subiendo. Algo en mí sabía que había que atravesar aquellas psico-capas y continuar hacia el gran vacío. Sentía que si me dejaba llevar por lo que veía o sentía a nuestro alrededor, no habríamos sido capaces de persistir en el viaje. Nos habríamos quedado enredados en alguna capa, es decir, prisioneros de esa película que en mi mente se había formado de aquella singular experiencia.</p>
<p>Seguimos subiendo y subiendo. Ignoro el tiempo que estuvimos haciéndolo. Siete, ocho, diez minutos… Hubo un momento en que <em>pensé “es increíble lo perfecto que está resultando todo esto”</em>. Fue durante brevísimo instante en que fui un observador ajeno.</p>
<p>Reconozco asimismo que mi mente estaba influenciada por determinadas lecturas. Por ejemplo de la tradición iniciática egipcia que afirmaba la existencia de determinadas personas encargadas de guiar a las almas al otro mundo. Supe asimismo de un sector derivado de las enseñanzas de Gurdieff que hacía viajes astrales con la misión de señalar a las “almas perdidas” la dirección que debían seguir. Se consideraba que tales guías viajaban en sueños orientando a seres perdidos y despistados, que no sabían dónde encontrar la salida del famoso “tubo de luz” y llegar a la vacuidad, la totalidad o donde sea que podamos trascender. Eran los verdaderos héroes del silencio.</p>
<p>Pues bien, en el ininterrumpido viaje ascendente de Alberto y un servidor, llegamos a un punto en el que de repente se abrió ante nuestra vista el Universo infinito con estrellas al fondo como grandes presencias. Era oscuro radiante, <em>omniabarcante</em>, perfecto. Lo sentí limpio y sereno. Contemplé a mi hermano que por cierto, se mostraba medio transparente y en paz total. Fue entonces cuando me dijo una sola frase, tocándome con un dedo en el pecho:</p>
<p>“¡<em>Ahora es tu corazón, ahora eres tú&#8230;!”</em></p>
<p>Mi corazón se sobrecogió… aquel gesto era su legado. Sentí que a un nivel transpersonal estaba recogiendo el testigo de la entrega vocacional a una realidad supramundana. Entonces Alberto me miró apenas un instante con serena ecuanimidad y sin decir más, ni siquiera un Adiós, dio media vuelta y se alejó en aquel infinito vacío. Supe en aquel instante que se iba para siempre. Y en realidad fue la primera vez en mi vida que sentí el “siempre” de verdad. Sabía que jamás lo volvería a ver porque no solo moría sino que dejaba de existir. Fue un adiós definitivo.</p>
<p>Tras la disolución de la “yoidad” de mi hermano, regresé a mi conciencia ordinaria en el banco de la catedral. Y en aquel templo, de pronto rompí a llorar. Mis lágrimas caían sin cesar durante casi media hora. Observaba mi sentir y lo respetaba. Observaba a mi cuerpo de dolor soltando y cerrando toda una vida. De pronto se acabó mi llanto y con una increíble paz, me levanté y me fui a cumplir los ritos de la sociedad. Mi labor ya estaba cumplida.</p>
<p>Al poco me entregaron una carpeta que Alberto había dejado para mí. En ella se leía “para mi hermano José María”.</p>
<p><em> </em></p>
<p><em>“¡Madre mía! ¿Qué es esto? ¡Un legado de muerte!”,</em> pensé al recibirla. Alberto había escrito y preparado aquella carpeta mucho antes, sabiendo que se iba a suicidar. La abrí. Dentro había una carta en la que se despedía de mi persona y dejaba instrucciones de vida para entregar a cada uno de sus amigos. Había escrito una frase de orientación y ánimo para cada uno de ellos, incluida su pareja.</p>
<p>Pasado el tiempo me he dado cuenta de que las distintas creencias acerca del más allá de la muerte, como lo pueda ser la reencarnación, la disolución, la vacuidad, el cielo o el infierno, la mano izquierda o derecha de Dios, la gran lucidez, o las <em>uríes</em> del profeta… entre muchas otras, son auténticas “franjas de psiquismo” con las que uno puede o no conectar.</p>
<p>Con el correr de los años he tenido experiencias profundas de muchos tipos. Experiencias que me llevaron en los primeros tiempos a dar alguna conferencia sobre la reencarnación. Y ya pasados muchos años, cuando en la actualidad soy preguntado en algún medio sobre cuáles son mis creencias al respecto, suelo decir<em>: </em></p>
<p><em> </em></p>
<blockquote><p><em>“Al principio, cuando era pequeño y fui programado en la religión, creí en el cielo y el infierno, como la mayoría. Después no pensé en nada, me olvidé del más allá, dejé de plantearme ese tipo de cosas y sólo me centré en el “más acá”. Lo otro ya llegaría. </em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em>Más adelante y ya en mi búsqueda interna encontré a la reencarnación y me la creí. Me la creí tal vez porque me lo explicaba todo. La justicia de la vida, la pobreza y la riqueza, la fealdad y la belleza, la tontería y la inteligencia, de las distintas personas. Todo encajaba en una ley del karma por la que aquello que nos sucede es consecuencia de nuestros actos y vidas anteriores. Así las cosas, todo era justo y no había diferencias caprichosas. </em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em>Pero un día ya más avanzado en el camino, la creencia en la reencarnación se desprendió junto con otras muchas otras. Y ahora, cuando me preguntan ¿en qué crees?, respondo que cada uno de nosotros vivirá justamente aquello en lo que él o ella crean. Porque la creencia y el deseo atrapan energía. Y esa energía tiene que consumarse antes de disolverse…”</em></p></blockquote>
<p>En la actual etapa de mi vida he elegido pensar acerca de la muerte como en la extinción total. Hace ya tiempo que tengo la certeza de que no reencarnaré. Creo que me he desprendido del supuesto “yo superviviente” que se disponía a reencarnar. Más tarde me enteré de que la palabra “nirvana” no significa otra cosa que “extinción”. Ese significado me gustó. Con el paso del tiempo he asociado la muerte con la  Gran Iniciación, la Gran Totalidad recuperada, la trascendencia del sujeto “yo” y su disolución en la  Unidad u océano de conciencia e infinitud que realmente somos.</p>
<p>A este respecto, traigo a colación un cuento que señala mi íntimo sentir:</p>
<blockquote><p><em>— «¿Quién eres tú?», le preguntó al mar la muñeca de sal.</em></p>
<p><em>Con una sonrisa, el mar le respondió: </em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em>— «Entra y compruébalo tú misma».</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em>Y la muñeca se metió en el mar. Pero, a medida que se adentraba</em></p>
<p><em>en él, iba disolviéndose, hasta que apenas quedó nada de ella.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em>Antes de que se disolviera el último pedazo, la muñeca exclamó </em></p>
<p><em>asombrada: </em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em>— «¡Ahora ya sé quién soy!». </em></p></blockquote>
<p>Siento que el río de cada cual llegará al gran mar, a la gran realidad transpersonal. Y dado que más allá de la mente pensante no hay tiempo, ya que realidad el tiempo es un “constructo” mental, todo es presente infinito. Simplemente Es.</p>
<p>Respeto a los suicidas. Estoy en contra del sufrimiento, pero no soy un guerrillero de la supervivencia física. Lo que ocupa y despliega toda mi capacidad de acción es el sufrimiento de las personas, no precisamente su muerte. El que quiera suicidarse tiene todo mi respeto. Sin embargo aquél que sufre tiene por el contrario toda mi acción compasiva posible, y haré todo lo que sea para que no sufra. Pero el que quiera bajarse de este tren llamado vida, tendrá mi beso final y hasta mi sonrisa cómplice.</p>
<p>Pues bien… Mi historia con aquel Alberto disolviéndose no acaba aquí. Al cabo de tres años de su muerte, y teniendo mi residencia en Tenerife, de pronto un día recibí una llamada de alguien que preguntaba por Alberto Doria. Era una mujer con acento italiano. Le indiqué que mi hermano había muerto. Se mostró sorprendida, incrédula<em>: “¿Qué?, ¿Cómo?”,</em> me dijo, visiblemente afectada por la noticia que acababa de darle.</p>
<p>Le expliqué que hacía tres años que había fallecido. Ella seguía sin poder creerlo. <em>“¿Cómo es posible? ¿Cómo es posible&#8230;?” </em>repetía una y otra vez, al otro lado del teléfono. Cuando se serenó un poco, me dijo que había conocido a Alberto en unas condiciones muy especiales y que necesitaba hablar personalmente conmigo para explicarme su relación con él.</p>
<p>Me encontré con aquella mujer, una italiana muy agradable. Tendría menos de cuarenta años. Me dijo muy impresionada que mi hermano prácticamente le había salvado la vida poco antes de venirse a Canarias, después de pasar una temporada en Italia.</p>
<p><em>“No te vas a creer lo que sucedió”,</em> me dijo aquella mujer. <em>“Yo en aquella época estaba desesperada. Había tenido una pérdida muy dolorosa, estaba con una depresión muy grande, y había decidido quitarme la vida. Pero no tenía ni siquiera el valor de suicidarme. Soportaba la existencia como una gran carga. Estaba desesperada. De pronto, un día sonó el timbre de mi casa, nunca imaginé lo que me esperaba. Abrí la puerta y vi a un señor alto vestido de oscuro, con un maleta de guitarra en la mano”.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em>“Aquel hombre dijo que venía a ayudarme, así sin más…</em> <em>y yo estaba en tal estado de desesperación que sin preguntar nada le hice pasar. Me habría dado igual si hubiese sido un ladrón o un psicópata. Pero me pareció educado y correcto. Poco a poco inspiró en mí una cierta confianza y pensé que con aquel visitante al menos alargaría mi vida unas horas”.</em></p>
<p>Al parecer mi hermano permaneció en su casa toda una semana. <em>“Y en esa semana descubrí una vida&#8230;”,</em> me dijo ella. Después siguió diciendo<em>: “Hablamos muchísimo, me preparaba la comida y la cena. Me contó y me contó muchas cosas que abrieron mi mente y recolocaron mi existencia. Primero le conté mi vida a él, y después fue él quien me ayudó a entenderla desde una perspectiva totalmente diferente”.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em>“Realmente sentí que salvó mi alma. A los siete días se despidió y se fue. Hasta ahora no tuve noticias de él. Pero quedé tan impresionada, y estaba tan agradecida e iluminada viendo que mi vida había cambiado tan profundamente, que hace poco decidí buscarlo”</em>.</p>
<p>Me explicó que Alberto no le había dejado ni teléfono, ni dirección ni forma de tomar contacto con él. Sólo le había dicho su nombre: Alberto Doria. Después ella se había enterado de que había un tal Doria en las Canarias… le dieron mi teléfono y sólo le explicaron que yo era su hermano.</p>
<p>Le conté a aquella mujer, que se manifestaba alucinada con la noticia de la muerte de Alberto, que mi hermano se había suicidado. No lo podía creer, no terminaba de encajarlo. Se quedó de piedra, al tiempo que me trasmitió su convencimiento de que mi hermano era un verdadero sanador, un auténtico iniciado.</p>
<p>Repitió conmocionada que aquel hombre había salvado su alma.</p>
<p>Poco más tengo que decir, tan solo:</p>
<blockquote><p><em>Querido Alberto. </em></p>
<p><em>Gracias en nombre de todos los que conocimos la emanación </em></p>
<p><em>de lo que hoy y siempre, eres y somos . </em></p></blockquote>
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		<title>Aroma de rosas desde el más allá</title>
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		<pubDate>Mon, 30 Apr 2012 06:08:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José María Doria</dc:creator>
				<category><![CDATA[Mágico vivir]]></category>
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		<description><![CDATA[En aquel Madrid del nuevo milenio, mi vida atravesaba una etapa de gran intensidad. Mi consulta privada como psicoterapeuta no sólo resultaba a menudo muy sanadora, sino que además me ofrecía la posibilidad de no dejar de mirar a la sombra humana. Una sombra que tras reconocerla por resonancia en mi interior, trabajaba arduamente en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h5>En aquel Madrid del nuevo milenio, mi vida atravesaba una etapa de gran intensidad. Mi consulta privada como psicoterapeuta no sólo resultaba a menudo muy sanadora, sino que además me ofrecía la posibilidad de no dejar de mirar a la sombra humana. Una sombra que tras reconocerla por resonancia en mi interior, trabajaba arduamente en aceptarla e integrarla. Es por ello que ningún aspecto sumergido que hubiera en mi vida, quedaría sin descubrir, enfrentar e integrar.</h5>
<p>En este sentido, sucedió que una tarde apareció en mi escena terapéutica el tema del abuelo de mi paciente. Y de inmediato apareció en mi conciencia la figura del mío, José María, es decir, el padre de mi madre. Un ser cuyo recuerdo a nivel familiar ha estado sepultado porque su vida finalizó de forma trágica. José María murió asesinado por sus opositores en una residencia carcelaria de presos políticos. Y si bien este hecho podría haber sido asimilado con dignidad por su familia, en realidad no fue así. Tal vez el dolor que conllevó esa muerte, hicieron que su recuerdo fuera negado y sepultado en el silencio.<span id="more-2020"></span></p>
<p><img class="alignleft size-medium wp-image-2029" title="Aroma de rosas desde el más allá" src="http://blog.jmdoria.com/wp-content/uploads/2012/04/aroma-de-rosas-desde-mas-alla-280x419.jpg" alt="Aroma de rosas desde el más allá" width="280" height="419" />Considero que la siguiente información que me dispongo a señalar sobre determinados aspectos de su vida, son claves para comprender el alcance de determinadas acciones de la mía. Llevo mucho tiempo intuyendo que la vida de mi abuelo JM y sus procesos profundos, tanto de sombra como de vocación, son la raíz kármica de mi propio camino. Este inexplicable vínculo me permite comprender el insólito fenómeno que sucedió en sincronía junto a su tumba.</p>
<p>Mi relación con mi abuelo arranca en el momento en el que mi madre, su única hija, me bautiza como José María, un nombre que restauraba la línea sucesoria interrumpida por la tragedia. Pienso que este hecho respondía a la necesidad de rendir un tributo a la figura familiarmente rechazada de mi abuelo, sobre todo por parte de mi abuela, su ex esposa. Se trataba esta de una mujer que a principio del siglo XX, viajaba y se movía por el mundo en total autonomía y libertad. Y aunque esto pueda parecer hoy normal, no lo era si se tiene en cuenta que en tales tiempos las mujeres incluso tenían que pedir la firma del marido hasta para heredar de su propio padre. Pues bien, aquel matrimonio de mis abuelos al poco de comenzar, acabaría en divorcio, una separación que cortocircuitó la relación entre mi abuelo y su única y pequeña hija, mi madre. Por mi parte no he tardado en comprender que ésta me trajese al mundo y me nombrase como él. De esta forma he comprendido que afloraba en la consciencia a su negado padre y vinculaba sistémicamente mi vida con este tronco de conflicto que he tratado durante la misma de sanar y redimir.</p>
<p>Abuelo JM era diputado en Cortes, tenía su propio partido político y se había titulado en cinco carreras: Derecho, Medicina, Psiquiatría, Filosofía y Filología. Era la única “borla de oro” de la Academia por diplomarse en las cinco Facultades. Pero lo más importante es que además de tener un buen desarrollo intelectual, tengo la certeza de que era todo un pillo, un aventurero, un amante apasionado, un gran sanador y un extraordinario orador. Aspectos que le valieron para constituir su propio proyecto político y dedicar su vida a la idea la unidad de España.</p>
<p>Lo cierto es que su camino atravesó conflictos tan fuertes que provocaron una ruptura de su figura en mi casa. En realidad los muchos libros escritos por él, sus discursos, conferencias y encendidos mítines, me han llegado más a través de otros canales, que el de mi propia abuela.</p>
<p>Como anécdota destacaré que hace unos años, el padre de mi amiga Tesa Mijares de Asturias, me hizo partícipe de que mi abuelo JM era reconocido en Asturias como un milagroso “sanador”. Aquel médico psiquiatra tan peculiar a cuya consulta llegaban largas colas de personas, propiciaba que al salir de la misma muchos “dejaran atrás la silla de ruedas”. Al parecer allí llegaban gentes en condiciones a veces extremas a las cuales, mi abuelo JM les aplicaba un sistema por él investigado sobre el nervio trigémino, y al parecer “salían caminando”. Me decía asimismo el padre de Tesa que abuelo JM era reconocido no sólo por su trayectoria académica, sino por estar dotado de unas facultades curativas en nada ordinarias y sumamente sensibles.</p>
<p>Hasta aquí la breve reseña de mi abuelo JM.</p>
<p>Veamos ahora que sucede en Madrid, en mi antigua casa de la calle Doctor Castelo que hace además las funciones de <em>dojo</em> y consulta:</p>
<p>Aquella no es una noche más, al parecer Raquel mi entonces compañera se ha sobresaltado cuando de pronto ha percibido la insólita imagen de mi abuelo sentado en el sofá junto a mi persona. No soy amigo de fenómenos paranormales ni espiritistas, y me considero un ser con los pies en la tierra. Pero la inesperada percepción de Raquel, sumada a otros muchos detalles en aquellos días acumulados, hicieron que esa misma noche abriese armarios y buscase libros, revistas y artículos suyos que habían sido soslayados. Una fiebre de saber algo más de él se apoderó de mí y durante los días sucesivos, sería mi anciana madre, su hija, quien me ayudaba a desenterrar aspectos de su vida sellados en el tiempo.</p>
<p>Descubrí que mi abuelo JM tenía una tumba, un mausoleo en el cementerio de Alcudia provincia de Valencia de la que nadie había hablado. Un pueblo en el que también hay una calle que lleva su nombre, Doctor Albiñana. Comprobé que Google sabía mucho más que yo de su obra y vida.</p>
<p>¿Y qué hice con todo esto?</p>
<p>A la mañana siguiente, Raquel y yo salimos en coche dirección a Alcudia. En el aire flotaba la sensación de aventura que tienen los viajes iniciáticos. Y casualmente, conforme íbamos llegando a aquel pueblo levantino, nos enteramos que era el Día de los Muertos.</p>
<p>¡Menuda sincronía!</p>
<p>Llegamos por fin al cementerio de aquella localidad cuando ya comenzaba a anochecer, y para mi asombro el citado lugar no era tan pequeño como lo había imaginado, sino que superaba largamente el millar de tumbas.</p>
<p>Reconozco que dada la hora de llegada y al comprobar la gran dimensión de aquel cementerio que comenzaba a ser invadido por la penumbra del atardecer, perdí la esperanza de encontrar la tumba. Aún así comencé a recorrerlo, hasta que al poco de caminar me dio la impresión de que sería como buscar una aguja en un pajar. Así las cosas, solté la tensión y comenzamos a pasear sin rumbo por entre las calles de tumbas. Pensé que ya la encontraríamos al día siguiente con más tiempo y a plena luz del día.</p>
<p>Al poco, caminábamos por una ancha calle de aquella necrópolis, cuando a los 10 minutos más o menos, de pronto sucedió lo insólito… Sucedió que un fortísimo aroma a rosas golpeó literalmente mis narices. Aquel olor tan intenso y definido me embriagó de tal forma que no pude menos que detenerme en seco, y abrir mis ojos extasiado y sobrecogido.</p>
<p>No era algo sutil. ¿Cómo explicarlo? No se me ocurre otra palabra para explicar su intensidad que la de una “bofetada celestial” de aroma de rosas que nos paraba en seco. Su cualidad era similar a una explosión de belleza y sutilidad. Ante tan impresionante sensación exclamé aturdido:</p>
<p><em>“¡Dios mío, ¿qué es esto?”</em></p>
<p>Y mirando atónito a Raquel, pregunté titubeando:</p>
<p><em>“¿Sientes lo mismo que yo?</em></p>
<p>Su respuesta fue rotundamente afirmativa.</p>
<p>Estaba tan sobrecogida y paralizada como yo.</p>
<p>Miramos los dos alrededor para descartar si aquel prodigioso aroma tendría una posible fuente física, pero nuestra búsqueda fue inútil. Ni flores ni esencias. ¡Lo sabíamos! ¡Nada! En aquel entorno no había más que unas flores secas, pero había que descartar cualquier posible fuente de razón y lógica. Algo que se reforzaba al comprobar que cuando nos alejábamos de aquel lugar aminoraba su increíble intensidad y por el contrario, cuando nos acercábamos aumentaba.</p>
<p>¡¡Era permanente!! Nunca atrás habíamos captado una fuente de aroma tan intensa y continua sin causa visible</p>
<p>Me sentía tan extasiado y emocionado por la fuerza vibratoria de aquel fenómeno, que traté de apoyarme sobre una tumba que a nuestro lado tenía la altura aproximada de una mesa, necesitaba recuperar el aliento e intentar serenarme. Sentía que aquello era un poderoso reflejo de una dimensión desconocida. Era demasiado fuerte para sostenernos de pié.</p>
<p>De pronto Raquel exclamó: <em>“¡Mira!” </em>al tiempo<em> que </em>señalaba la tumba sobre la que me disponía sentarme. Descubrí con estupor que me había apoyado sobre la que decía precisamente, “Doctor Albiñana”,</p>
<p>¡¡¡Era la de abuelo JM!!!</p>
<p>Me quedé de piedra. Era demasiado… me resistía todavía a creer en una lógica sobrenatural, quería descartar toda posible fuente natural de lo que estaba sucediendo. No creía que algo dimensional relacionado con mi abuelo pudiera llamar mi atención con un fenómeno que rompía mis esquemas. Reconozco que mi mente racional decía:</p>
<blockquote><p><em>“Seguramente este aroma provendrá de algún lugar cercano o quizá es una creación de mi propia mente&#8230; En cuanto a este hallazgo fortuito de la tumba, no es nada más que una simple coincidencia…”</em></p></blockquote>
<p>Poco faltaba ya para rendirme y entregarme al infinito transpersonal.</p>
<p>En realidad antes de entregarme a la experiencia de lo que allí sucedía, insistí por última vez en asegurarme de que no había el más mínimo resquicio de que aquello respondiera a una ley de la Física Clásica, una ley que explicase aquel extraño fenómeno.</p>
<p>Finalmente me rendí ante la evidencia y acepté el hecho de que fuese esa tumba y no otra, desde la que fluía ese aroma sobrenatural que por cierto, seguía manando con la misma embriagadora intensidad. En realidad no era un aroma como el que pueda percibirse al acercarse a una rosa de las que huelen. No, aquel aroma que emanaba la tumba de abuelo JM era demasiado circular y profundo, y además no provenía de un lado o de otro, sino que parecía llegar de dentro y fuera de nosotros.</p>
<p>Conmocionados y rendidos por la evidencia, Raquel se alejó dejándome a solas ante aquella tumba. Así que en el ocaso de aquel día de los muertos, subí sobre la losa y me senté a meditar. Observé que sobre el pilar de su mausoleo había grabada una cruz de Santiago, una antigua orden a la que abuelo JM pertenecía. Ello me trajo a la memoria que éste mantenía un estrecho vínculo con distintas fraternidades secretas orientadas al conocimiento y el servicio.</p>
<p>Poco a poco comencé a sentir que aquel hombre defendió la unidad de España en sus múltiples arengas políticas. Comprendí que comunicaba la unidad, probablemente desde una intuición mucho más amplia que las dimensiones políticas o territoriales que lo profesionalizaban. Al tiempo, comencé a respirar en total sintonía con él. Y al poco tuve la certeza de que de pronto se había abierto un canal dimensional. Sabía que en aquel momento todo aquello que mi persona pensase, estaría insólitamente conectado a tiempo real con su vida. En realidad sentí que en ese momento nuestras conciencias más allá del tiempo estaban simultáneamente conectadas. El futuro, el presente y el pasado estaban al mismo tiempo enchufados por una especie de <em>skype</em> <em>metafísico</em>. Algo en mí sabía que tan solo disponíamos de un rato especial de conexión y que ese único momento era para algo importante que todavía era para mí desconocido.</p>
<p>Mi mente de pronto se expandió y sentí que mi abuelo JM estaba en conexión conmigo, en conexión con su propio futuro. El tiempo se había plegado y yo podía hablar con mi antepasado de la misma forma que puedo hablar por teléfono con un astronauta.</p>
<p>Me permití tener una experiencia <em>transracional</em>, cuya primera manifestación sería aquel diálogo en el cual hablábamos los tres al mismo tiempo: por una parte mi abuelo JM, por otra mi persona presente en la tumba, y por último mi ser futuro proyectado en su misión de vida.</p>
<p>Estábamos los tres conscientes de que el universo permitía esta trilateral comunicación en un bypass de la Presencia. Sucedió que lo primero que brotó fue honrar a mi antepasado y sentir como existía una sutil continuidad de su vida y la mía. Él había luchado con entrega y vocación por la unidad de una España dividida. Y en mi caso, también me encontraba laborando por la Unidad, pero en este caso, la unidad de conciencia, la unidad como luz, como espacio más allá del pensamiento, más allá de la mente dividida y dual. Es decir, como realidad transpersonal de la conciencia profunda y como destino liberador de la separación en la que vive la conciencia ordinaria.</p>
<p>Sentía que en aquel cementerio estaba dando un paso más allá, al tiempo que estaba accediendo a una capa más profunda. Y si el núcleo externo de nuestra conjunta misión era en su caso la unidad del país por la que abuelo JM se entregó, el núcleo interno de ambos era la unidad subjetiva de la conciencia como camino de amplitud y profundidad. Éramos ambos cómplices de una visión de la Unidad en la que algo en mí debió tomar el testigo y continuar laborando por nuestro anhelo.</p>
<p>Al pronto, dije desde aquella tumba a mi abuelo:</p>
<blockquote><p><em>“Estoy en la misma aventura que tú. Estamos unidos por el mismo amor a la Unidad, tú trabajaste en su dimensión más exterior, y yo en la más profunda. Pero al fin y al cabo es el mismo enfoque: Unidad”.</em></p></blockquote>
<p>A todo esto, el aroma era cada vez más intenso si cabe. Además, nunca antes algo así tan etéreo como lo pueda ser un aroma, había persistido tan tanto tiempo en mi percepción. Además, en otras ocasiones, las experiencias sensoriales de carácter tal vez dimensional, habían durado unos pocos minutos e incluso había llegado a llorar, pero en verdad no eran nada en comparación con lo que allí estaba sucediendo.</p>
<p>Ahora, de pronto las lágrimas se derramaban sobre mi rostro inundado por un goce y gratitud de infinitud inefable. Mi ser se encontraba más allá del tiempo, mientras que mi consciencia observaba como brotaban todos aquellos pensamientos y sensaciones.</p>
<p>A partir de allí y con aquel estímulo olfativo que iba más allá de las fosas nasales, confirmé mi propósito y renové mi compromiso: Perseveraría en mi trabajo en pro de la autoconciencia hasta el mismo momento de mi muerte. Mi dedicación y entrega a este cometido seguiría inundando de sentido y propósito a mis acciones, pensamientos y palabras. Sentí asimismo que aquel sentimiento de unidad era otra forma de señalar la identidad esencial, el océano de conciencia, infinitud y amor que Realmente somos.</p>
<p>Fue entonces cuando el futuro vino al presente. Vi entonces a mi persona JMD del futuro, vi a un ser fundamentalmente sereno, al tiempo que contemplaba la obra conjunta de todo el engranaje planetario que también trabaja en pro de la Unidad. Un Plan evolutivo que se dirigía hacia la inequívoca meta que tiene la Humanidad en el recorrido del laberinto y la salida de la amnesia en la que encapsulados: buscamos el Gran Recuerdo.</p>
<p>Me reafirmé en la inteligencia cardíaca y me confirmé en el propósito que daba sentido a mi vida. Respiré y sintonicé profunda y entrañablemente con JM abuelo. Y sentí deseos de regalarle en ese justo momento la oleada de paz, confianza y gratitud que yo estaba sintiendo. Así que le dije:</p>
<blockquote><p><em>“Ignoro si aquí ahora, en este salto integrador de tiempos y espacios, estás atravesando un momento de tristeza, de soledad o de contradicción. Sé que has nacido en un mundo en el que por ser coherente con tu sentir, has soportado exilios, persecuciones y cárceles. Sé asimismo que aunque muchos te han seguido y respetado, muchos otros te han odiado hasta llegar a la violencia que causó tu muerte”.</em></p>
<p><em>“Quiero que ahora te llegue mi amor como una emanación de esperanza. En este momento el futuro que yo soy va a tu pasado a ayudarte, a abrazarte. En este momento un ángel mensajero se dirige a tu vida para endulzar tu ser con una oleada de rosas, de gratitud y de trascendencia. Que recibas este auténtico regalo de la vida que ahora te hago desde el hoy con un amor y reconocimiento que no puede manifestarse en palabras”. </em></p></blockquote>
<p>Proseguí diciendo a mi abuelo:</p>
<blockquote><p><em>“Sé que lo que ahora estoy pronunciando está sucediendo en el pasado, en tu vida. Te lo doy de todo corazón y te abrazo querido JM con todo mi amor. Sigue en la obra abuelo, sigue adelante. Has llegado muy lejos y tras tu muerte, tu obra evolucionará hacia capas más profundas, hacia la verdad, la bondad y la belleza que ahora son las que constituyen nuestra acción.</em></p></blockquote>
<p>Allí sentado sobre la imponente tumba de piedra, miré mi ser futuro y me percibí sereno y sabio, me percibí disfrutando de la obra acabada, y de una plena realización en la dimensión espiritual.</p>
<p>Al cabo de una hora observando, respirando, reflexionando, ofreciendo, rezando, escuchándome, agradeciendo y recorriendo el gran presente por la línea del tiempo, me di cuenta de que aquel momento había terminado. La conexión se acababa de cerrar…</p>
<p>Afortunadamente y a la vuelta al mundo, por más que quisiese negar u olvidar el fenómeno, había un testigo de aquel episodio, Raquel. Me reuní con ella, nos fuimos del cementerio en silencio, asombrados y conmovidos. El corazón abierto.</p>
<p>Pasado el tiempo sé que allí en Alcudia pasó algo grande. Y tengo la certeza <em>translógica</em> de que ese JM, su hija y un servidor estamos juntos. Siento al día de hoy que aquella puerta sigue sutilmente abierta.</p>
<p>Y que además somos un equipo dimensional en el camino a la Unidad.</p>
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		<title>El acantilado iniciático</title>
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		<pubDate>Mon, 23 Apr 2012 06:11:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José María Doria</dc:creator>
				<category><![CDATA[Mágico vivir]]></category>
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		<description><![CDATA[La vivencia que me dispongo a relatar, sucedió durante mi etapa de peregrino y buscador en la Isla de Tenerife. Una etapa de mi vida en la que sentía un enorme interés por el tema de la “Iniciación” especialmente la que provenía de las raíces teosóficas. Los escritos de Alice A. Bailey en el seno [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h5>La vivencia que me dispongo a relatar, sucedió durante mi etapa de peregrino y buscador en la  Isla de Tenerife. Una etapa de mi vida en la que sentía un enorme interés por el tema de la “Iniciación” especialmente la que provenía de las raíces teosóficas.</h5>
<p>Los escritos de Alice A. Bailey en el seno de la Escuela Arcana acerca de las iniciaciones como proceso y rito de expansión de consciencia, resonaban profundamente en mi persona. En realidad para la cultura egipcia, la “Iniciación” era la culminación final de un proceso de aprendizaje en el que el “iniciado”, era sometido a un conjunto de “pruebas”, pruebas que no sólo le permitían optimizar potenciales insospechados, sino que además representaban para él una experiencia poderosa, a costa incluso de arriesgar su propia vida.<span id="more-2005"></span></p>
<p><img class="alignleft size-medium wp-image-2016" title="El acantilado iniciático" src="http://blog.jmdoria.com/wp-content/uploads/2012/04/acantilado_iniciatico-280x419.jpg" alt="El acantilado iniciático" width="280" height="419" />Se dice que algunos aspirantes llegaban a morir en las pruebas y que aquellos que sobrevivían a ellas, eran admitidos en la comunidad de aquel singular sacerdocio que gestionaba el desarrollo de las personas.</p>
<p>Con toda esta información que ofrecía la extensa obra Alice de A. Bailey, mi mente rebosaba de aventura evolutiva ante las pruebas que los futuros iniciados enfrentaban. En realidad el camino del peregrino-buscador requería vocación, valentía y compromiso, aspectos claves para acceder a la expansión de la visión y a un grado mayor de madurez y responsabilidad encomendada.</p>
<p>En aquella atmósfera de estudio e interiorización me dirigí solo y sin rumbo fijo a la isla de La Gomera, un lugar en el que por alguna razón desconocida, había vivido experiencias profundas. Una vez allí y adentrado en la naturaleza, llegué hasta un enorme acantilado de roca. Se trataba de un apartado lugar, desde cuya altura se veían kilómetros de horizonte marino cubierto de una limpia atmósfera. Calculé que aquel acantilado tendría unos 700 metros de bajada hasta el nivel del mar, y que en verdad era el sitio que intuitivamente buscaba.</p>
<p>Eran las seis de la tarde. Sentí que el lugar me aceptaba y por ello me senté contemplando en la cima, mientras pasaban las horas en total quietud serena.</p>
<h4><strong>La llamada</strong></h4>
<p>Así pasó el tiempo hasta que de pronto y ya anocheciendo, sobre las 21.30, comencé a sentir en todo mi cuerpo una extraña sensación como de corriente eléctrica. La inquietud era tal que me hizo salir del estado meditativo y movilizar brazos y piernas. Me dirigí hasta mi Mehari, me hice con una linterna y de pronto, sin saber muy bien a dónde me dirigía, comencé a descender por el acantilado hacia el mar a través de su imponente bajada&#8230; Descendía sin rumbo y sin comprender qué estaba sucediendo entre aquellas rocas. Había todavía luz suficiente para poder ver dónde pisaba y discernir el grado de riesgo que aumentaba con mi avance, así como la extraña aventura que a mi vida espontáneamente se avecinaba.</p>
<p>Conforme avanzaba hacia una mayor verticalidad en la bajada, sentía que era “casi necesario” seguir descendiendo, aún siendo consciente del riesgo cada vez mayor de caer por la escarpada. Pero paradójicamente, el insólito hecho de bajar aliviaba una necesidad desconocida, aunque una parte de mi mente advertía que aquello que estaba haciendo y dada la poca luz que había, era una absoluta locura.</p>
<p>Una parte de mí sentía: <em>“Esto es una locura, hay mucho riesgo de caída… estás totalmente solo… si te caes y simplemente te inmovilizas, nadie te va a ver ni recoger… se está haciendo de noche y es muy peligroso avanzar más por esta bajada…”</em>.</p>
<p>Sentía efectivamente la voz de la razón y sin embargo, seguía adelante como si nada. Era como si algo más allá de mi lógica estuviese empeñado en vivir aquella inexplicable experiencia.</p>
<p>Al parecer mi mente precisaba razones para detenerme por lo que esta comenzó a recordar a mi padre, a mi madre, a los educadores de mi infancia&#8230; Sus voces me hablaban con el lenguaje de la prudencia y me decían <em>“es una locura, es una locura&#8230;”,</em> <em>“este chico es un loco, parece mentira: un día se va a matar… A quién se le ocurre, a las once de la noche estar bajando por una escarpada…Claro: así se cayó y se mató en el acantilado de una isla&#8230;”</em></p>
<p>Todo esto suponía una contradicción gigantesca pero aún así, algo muy hondo en mi ser seguía adelante, a pesar las llamadas a la cordura.</p>
<h4><strong>La primera puerta: el sentido</strong></h4>
<p>Así pues, seguí bajando hasta que de pronto, en medio de aquella contradicción y en un punto en que el camino se hacía todavía más duro, brotó contundente una Voz interna que haciendo un silencio absoluto, acalló las pequeñas voces previas… Era una voz muy profunda que de forma clara dijo<em>: </em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em>“Estás comenzando un recorrido iniciático. </em></p>
<p><em>Lo que vivas a lo largo del mismo, te aportará las claves para recorrer el camino de tu vida”.</em></p>
<p>El sentimiento que desató aquella voz nunca atrás escuchada, me dejó “de piedra”. No era un pensamiento. ¡No!. Era otra cosa, era una voz sabia, honda y sagrada. Una voz cualificada de seriedad y serena contundencia. Su aparición unificadora había silenciado rotunda mi cabeza de dudas y resistencias. Sentí que provenía desde una dimensión interna que merecía todo mi respeto y reverencia.</p>
<p>En vista de lo cual me rendí… se acabó la duda. Tenía la razón que mi mente necesitaba: Recorrer un camino iniciático.</p>
<p>“<em>Tenía sentido el riesgo que pudiese asumir en aquella bajada.”</em></p>
<p>Era ya de noche. Saqué la linterna de mi bolsillo y comencé a iluminar cada roca que pisaba, pues si quería avanzar, debía hacerlo de forma precisa y controlada.</p>
<h4><strong>Segunda puerta: adelante sin vacilar</strong></h4>
<p>Tras recorrer un trecho, de pronto volvieron a acecharme las viejas voces de sensatez y control de mi infancia. Reconozco que vinieron con menos fuerza que antes, pero con argumentos muy parecidos que decían:</p>
<p><em>“Es una locura, ¿qué vas a hacer? ¡Te vas a matar! ¡Qué desastre&#8230;! Mira tu vida, ahí en un acantilado, por la noche bajando por unas rocas ¿Tú crees que un hombre de tu edad puede hacer estas cosas?</em></p>
<p>Algo en mí parecía intuir que si seguía adelante y superaba estas últimas programaciones, mi identidad se transformaría. Si de regreso subía vivo, sentía muy claramente que no sería la misma persona.</p>
<p>Y mientras buscaba una cierta paz en el remolino de la duda, divisé a unos 20  metros más abajo, una roca que con un pequeño arbolito, sobresalía a un metro de la pared, y además tenía forma de silla. Entonces pensé<em>: </em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em>“Cuando llegue allí me sentaré y pensaré si continúo o no  y resuelvo de una vez esta locura”</em>.</p>
<p>Reconocía que algo en mí trataba de ganar tiempo acallando a mi mente y dándome unos metros por delante para ver luego qué hacía. Me decía una y otra vez, <em>“cuando llegue a la roca y me detenga, decidiré si bajo o vuelvo atrás&#8230;”. </em></p>
<p><em> </em></p>
<p>Finalmente al llegar a dicha roca dispuesto a “pensar”, de nuevo surgió la honda voz interna y dijo de forma contundente<em>: </em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em>“Si te detienes y piensas, no bajarás”.</em></p>
<p>Ante aquella categórica advertencia, ni siquiera miré la roca tentadora. La soslayé y proseguí de inmediato mi descenso, pero ahora más atento y consciente. En realidad me encontraba ya decidido y pleno de sentido. Tras aquellas palabras sentí que las resistencias ya nunca más aparecerían. Y así fue. El pasado quedaba atrás y mi mirada estaba enfocada en el final, junto al mar.</p>
<h4><strong>Tercera puerta: atención plena</strong></h4>
<p>Dando un paso tras otro, superaba obstáculos al tiempo que mis pensamientos viajaban dispersos anticipando el excitado final. Mi mente saltaba emocionada de una idea a otra como un mono saltando de rama en rama. La emoción de estar viviendo un suceso tan mítico y peligroso, desenfocaba mi atención y enturbiaba de emociones mi consciencia. Sentía la sensación de euforia por formar parte de un algo Mayor, en el que tal vez mi persona estuviese destinada.</p>
<p>Era por ello que mi atención no era tan precisa al poner pies y manos en aquella escalada. Y fue por no estar atento que, de pronto, perdí el paso y sufrí una caída. Mi cuerpo rodó por entre aquellas rocas. Afortunadamente no fue grave, pero sufrí un golpe en la espalda que me obligó a pararme en seco y tomar nota. Detrás de aquella caída sentía una lección que tenía que incorporar en mi vida.</p>
<p>En ese preciso momento, volvió esa voz lúcida y dijo:</p>
<p><em>“Atento a cada paso. Pon tu mirada en los tres metros de cada día</em>”.</p>
<p>Gran lección para enfocar la atención al momento presente. Convertiría mi error de caída en experiencia. Y esto trasladado a mi vida y su proyecto, significaría mirar al día de hoy, al cada día, a cada acción, a cada paso, este paso, este único paso. Nacía el primer destello de comprensión hacia la atención plena en lo que cada instante precisa.</p>
<p>Comenzaba ya a agradecer la llegada de aquella voz que empezaba a ser reconocida como fuente de sabiduría e íntima maestra de mi caminar. Sentía que mi caída había comenzado a ser un regalo si lograba aprender a neutralizar esa anticipación tan dispersa como ansiosa.</p>
<p>Tomé la linterna y con mucha más atención y prudencia, empecé a enfocar con precisión en cuál de las rocas se apoyaría mi mano derecha, dónde la izquierda, en qué punto apoyaría un pie y dónde el otro. Toda una lección de consciencia total en el ahora. Con este episodio se abría una de las lecciones más importantes para el camino futuro de vida.</p>
<p>Sentí que al caminar por la vida: <em>“encendería mi linterna interior y trazaría cada día un objetivo. Lo seguiría paso a paso con total presencia”. </em>Comenzaba a amar la acción por la acción, con independencia del resultado.</p>
<p><em> </em></p>
<p>Al poco y con esta nueva forma de caminar, sentí que se retiraban la euforia, la excitación y la prisa. De pronto extrapolé que aquel estado de presencia tendría consecuencias en el camino de la vida.</p>
<p>Pasados los años he reconocido haber enfrentado muchas etapas difíciles, etapas en las que si no hubiese entrenado la mirada a esos únicos tres metros del día, a ése minuto o a ésa hora, hubiera abandonado muchas de las metas que constituían el sentido de mi caminar.</p>
<p>Así las cosas, de pronto llegué a un punto de rocas en donde comprobé que quedaba un segundo trecho por delante. Comprobé más tarde que incluso quedaría una última y tercera etapa. En verdad no imaginaba que el camino fuera tan largo y que quedase tanto por recorrer.</p>
<h4><strong>La lección asimilada</strong></h4>
<p>Tras comenzar aquel segundo tramo, me olvidé de la reciente lección del enfocar el momento presente, y ratifiqué que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra.</p>
<p>Sucedió que de nuevo me volví a emocionar, y con esta emoción también de nuevo volví a anticipar, dispersar y descentrarme. Mi mente una vez más se inundaba saltarina de recuerdos y suposiciones. Mi cabeza cavilaba llena de preguntas acerca de lo que me esperaba y cómo sería el final. Todo un repertorio de artilugios mentales que distraían mi atención en lo único que tenía que hacer, que no era otra cosa que poner los pies y las manos en el sitio adecuado, entre otras cosas para no precipitarme al vacío y acabar con mi vida.</p>
<p>Pero volví a caer impactándome en los brazos y en la clavícula, pero entonces fue menos doloroso aunque resultó más largo el rodar de la caída. Súbitamente me detuvo una roca.</p>
<p>En ese momento, La Voz volvió a decir lo mismo:</p>
<p><em>“Atento a cada paso. Pon tu mirada en los tres metros de cada día</em>”.</p>
<p>Ahora sí que aquellas palabras se grabaron a fuego. La reincidencia de error estaba siendo la mejor manera de asimilar la enseñanza. Aquel repetitivo entrenamiento del enfoque al presente se estaba convirtiendo en la ley más importante y practicable de toda la bajada:</p>
<p><em>Ahora, ahora, sólo ahora.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p>Lo que significaba sacar la linterna de mi bolsillo y enfocar al lugar concreto donde apoyar y avanzar. “Ahora”, sólo “ahora”&#8230; Mi mente comenzaba a estar tan solo centrada en la acción, en la acción de alumbrar, pisar y observar.</p>
<p>Seguí adelante. Sentí que estaba en la dirección correcta, ahora sólo tocaba actuar. Avanzaba más sereno, más pausado, más maduro, y también… algo más dolido. Rendido “a lo que hay” y atento en la presencia.</p>
<h4><strong>Cuarta puerta: la luz mayor</strong></h4>
<p>Proseguí avanzando, hasta que llegué a una roca que sobresalía. No parecía seguro pasar por allí, pero no parecía haber otra manera. Avancé un pie al lado posterior de aquel saliente, mientras que el otro permaneció atrás. Y de pronto… ¡Horror! Me vi agarrotado, abrazando la roca con los pies separados a cada lado de la misma. El pánico me asaltaba. Una oleada de terror paralizó todo movimiento de salida. Me sentía incapaz de avanzar o retroceder. Había quedado literalmente colgado en el camino, casi a la mitad entre el principio y el mar.</p>
<p>No me atrevía a levantar un pie, porque no tenía impulso suficiente para pasar al otro lado de la roca, al tiempo que tampoco podía retornar. Mis dedos se aferraban a la roca tratando desesperado de serenar mi alma.</p>
<p>El lugar era peligroso y al no poder mover una mano para sacar la linterna de mi bolsillo me encontraba en total oscuridad. Me sentía cada vez más engullido por el pánico que me invadía. Y continuaba desesperadamente abrazado a la roca. Mi agarrotamiento de pies y manos era total. La noche oscura, el abismo a mi espalda y ninguna capacidad para discernir ni actuar.</p>
<p>En aquellos momentos de “ataque de pánico” más terrible de mi vida ¡¡¡OOOHHH!!! Estaba solo, nada podía pasar para solucionar mi situación, y además, nadie me encontraría…</p>
<p>En aquella eternidad de tensión infinita, sucedió un milagro.</p>
<p>De pronto, sucedió algo que acabó de golpe con todo mi sufrimiento. Apareció de súbito, por detrás y por encima de mi persona, una luz plateada de increíble intensidad, que iluminó toda la roca que agarrotado abrazaba. Aquella claridad también permitió que soltase y saliese de la encrucijada. Una vez fuera de la misma todo volvió a la normalidad.</p>
<p>Aquella intensa luz que se había encendido a mi espalda, y que no pude mirar de dónde venía, pareció un potente flash de un <em>mega</em> foco. No podía creer lo que estaba pasando, no había palabras… tan solo un ¡¡SÍ!!, ¡¡Hay salida!!</p>
<p>Junto a la insólita y oportuna llegada de la luz, llegó a su vez una oleada de lucidez y nuevamente escuché La Voz que contundente y sabia decía:</p>
<p><em>“Cuando la luz menor no pueda alumbrar tu camino, la luz mayor lo hará”.</em></p>
<p>Aquellas palabras supusieron una bendita dosis de confianza. Palabras que otorgaban la certeza de que no estaba sólo y de que algo mágico y transpersonal acompaña nuestra vida. Sentí que el cosmos, la inteligencia de vida y el destino eran amor y benevolencia.</p>
<p>Salí de aquella encrucijada, convencido, feliz y con el alma reforzada. Sentía de nuevo recorrer el camino desde un estado profundo de paz y complicidad con aquella primordial enseñanza. Miré hacia el cielo y comprobé que había una gran Luna.</p>
<p>Me pregunté si aquella intensa luz habría sido un fenómeno natural de Luna, o si tan solo había ocurrido una sincronía astronómica. Sin embargo aquel sentimiento de impactante flash, no parecía luz de Luna, aunque esta brillase llena y radiante. Finalmente abandoné la indagación racionalizadora y sentí más bien que <em>“todo encaja”. </em>Aquel oportuno fenómeno formaba parte de algo mucho más grande que no sería distinto que el milagro de la vida Una. Sentí que todo era parte de un gran orden perfecto y pleno de sincronía, un orden en el que todas y cada una de sus partes hacían su proceso en la aventura de la consciencia.</p>
<p>Hasta aquel momento de luz, mi mente estaba influenciada por el paradigma mecanicista. Pero en aquel instante tuve un punto holístico de comprensión, una primera aproximación al concepto de que <em>todo está en todo y es causa de todo, y</em> que el universo y sus fenómenos son interdependientes por más que sintamos a nuestra persona como separada.</p>
<p>Después de aquella vivencia seguí de nuevo avanzando convencido y feliz. Me sentía con fuerza y energía … ¡Ya estaba más cerca!</p>
<h4><strong>La quinta puerta: el salto</strong></h4>
<p>Me fui acercando a lo que constaté sería  la tercera y última etapa de aquel acantilado. Ya no quedaba mucha distancia hasta el nivel del mar, un mar que ya se veía y oía rugir muy cerca. Incluso se percibía el azul oscuro de su superficie, un azul agitado por un suave oleaje e iluminado por la plateada luz de la Luna.</p>
<p>Me acerqué al borde de una roca y contemplé el final. Veía a mas o menos 50  metros el último metro de roca que pisaría al borde del mar. Y junto a esta alegría, me inundó un profundo silencio al descubrir que si quería seguir adelante, tendría que enfrentar una cortada casi vertical. Una cortada que a primera vista parecía imposible de atravesar.</p>
<p>En aquel momento del camino reconocí que ya no me quedaban dioses ni protecciones divinas. Mi mente no tenía ningún apoyo “ajeno” ni “energía superior” que invocar. Desde hacía un rato, sentía que todo estaba unido e inmerso en un plan de Unidad. El camino era uno, y uno era el camino sin diferencia ni dualidad. No había duda.</p>
<p>Era por ello que ante aquel obstáculo ya no me “salía” rezar… sentía que no había “otro” allí arriba. Ello y yo y todo éramos unidad. Sólo cabía seguir, arriesgar y confiar. No había marcha atrás.</p>
<p>No pensé. Hice. Y no sé qué hice, tan solo me puse en cuclillas y me dejé caer rozando mi espalda. Al llegar abajo impacté piernas y coxis, pero insólitamente no fue nada que no pudiera superar. Allí y tras este episodio no hubo voz, tan solo silencio primordial y vacuidad. Sentí certeza de que estaba haciendo lo que había que hacer. Nada más.</p>
<h4><strong>Sexta puerta: Los pies en la tierra</strong></h4>
<p>Sudaba bastante, estaba cansado y respiraba alterado sintiendo la llegada del inminente final. Vi a mi paso una roca más grande y dado que sentía gran calor, pensé en abandonar allí mi cazadora. Era un gesto de ¡¡Ya está bien!! ¡Qué más daba si hacía en algún momento frío! ¡Qué podía importar una chaqueta después de haber superado las pruebas!</p>
<p>En el momento en que iba a tirarla, apareció en mi mente por última vez La Voz y dijo:</p>
<p><em>“No abandones lo que te abriga”. </em></p>
<p>Me sentí de súbito detenido. Obedecí silencioso, sin emociones, sin duda alguna. Me puse de nuevo la prenda y tras un corto y fácil trecho, llegué a la orilla del gran mar.</p>
<h4><strong>Séptima puerta: La llegada</strong></h4>
<p>Me encontraba sobre una plataforma de roca. A mis pies las olas del azul, y en mi rostro las brisas de la gran inmensidad.</p>
<p>Y allí, mi primera sensación de llegada fue de “realización”.</p>
<p>Me sentía totalmente lúcido y en serena vacuidad.</p>
<p>En ese instante sucedió un fenómeno insólito sobre la superficie del mar. De pronto, se conformó un gran círculo de olas con espuma blanca. Aquella gran circunferencia tendría unos cincuenta o  sesenta metros de diámetro y su visión era tan impactante y sostenida que entré en total contemplación. Observé desde la quietud primordial como mi mente racional expresó:</p>
<p><em>¡¡¡Ohhh!!! ¡¡¡Esto no es posible!!! </em></p>
<p>Al tiempo que una dimensión más honda señalaba serena:</p>
<p><em>“El círculo, la obra perfecta, la realización”.</em></p>
<p>Mi quietud no cuestionó. Mi parte lógica y científica ya no mandaba ni alteraba mi sagrada profundidad. Sabía que estaba presenciando un fenómeno meta-racional, ante el cual cualquier análisis se quedaba pequeño y daba igual. Tenía esa experiencia y me bastaba. El gran círculo de olas tan bello como insólito, se mantenía desafiando todas las leyes de la Física tradicional. Observaba que mi ser podía contemplar lo que sucedía sin necesidad de controlar ni racionalizar.</p>
<p>Por primera vez observé que uno mismo no era solo su parte racional, su mente. Y podía observar a ésta tan solo, como una pequeña herramienta más.</p>
<p>Me sentía Ser. Era observación pura, neutralidad total.</p>
<p>Aquel extraño fenómeno que desafiaba las leyes de la Física, era recibido con gozo sin causa y alegría natural. Me sentía observador neutral. Daba igual que mi mente señalara que aquel fenómeno era un platillo volante a punto de emerger del mar, o bien propusiese que era una proyección arquetípica de mi mente, sin apoyo objetivo en la realidad corporal.</p>
<h4><strong>Octava puerta: la intuición como camino</strong></h4>
<p>Esperé allí contemplando el círculo unos diez minutos. De pronto, di media vuelta y empecé a subir y regresar. Cuando llevaba una decena de metros de ascenso, se me cayó la linterna rodando metros abajo. Clanc, clanc, clanc&#8230; Recordé aquello de <em>“no la dejes en el camino, que te puede hacer falta&#8230;”</em> y bajé el trecho que había subido, no sin cierta contrariedad. Recogí la linterna del suelo. Observé que aún funcionaba y reemprendí la subida hacia el origen.</p>
<p>Cuando llevaba otros veinte metros de ascenso, se me volvió a caer la linterna. Pensé: <em>“¡Ya no bajo más!</em> Y al poco descubrí que no la necesitaba porque allí donde ponía la mano para agarrarme, casualmente era donde había una raíz bien fijada a la tierra. Allí donde levantaba el pie cómodamente, allí había un roca saliente donde apoyarlo. Casualmente cada paso que daba, lo daba por el preciso lugar.</p>
<p>De pronto sentí que ni siquiera debía mirar donde pisaba. Mi ascenso era algo sentido e intuitivo. La vuelta a casa ya no era calculada ni racional, no había necesidad de controlar ni prever. La espontaneidad se había hecho cargo de mi vida. Todo funcionaba solo. No había esfuerzo. Llegué arriba con la misma ligereza con la que habría ascendido un jaguar.</p>
<p>Al llegar arriba reconocí que justo dónde había puesto una mano o un pie, la roca era dura y me sostenía. Siempre había habido un escalón, un saliente, una raíz donde apoyarme y agarrar. No había habido sudor, riesgo ni prueba a superar&#8230; Ahora resultaba todo tan sencillo&#8230;</p>
<p>Al poco y sintiendo la suave brisa de la noche, extendí mi saco de dormir.</p>
<p>Y mientras contemplaba lo alto del cielo, sentí que se habían insertado en mi ser las claves de mi futuro caminar.</p>
<p>En adelante: La tierra sería mi lecho, las estrellas serían mi techo, y viviría en amor a la humanidad.</p>
<h4><strong>Siete años más tarde<br />
</strong></h4>
<p>Pasados siete años, y en momentos de oscuridad en los que la mente racional eclipsaba las dimensiones en las que el “todo es posible”, llegué a pensar:</p>
<p><em>“¿No habré exagerado en mi recuerdo de aquella vivencia? ¡Igual no fue tan singular ni extraordinaria! Quizá el acantilado era más corto y transitable, y lo que recuerdo como un descenso escarpado, no es más que una creación mítica de mi persona&#8230;”</em></p>
<p>Pues bien, dado que las claves inspiradas en aquel acantilado estaban impresas en lo profundo de mi esencia, decidí volver al lugar y resolver las dudas de mi mente a su estilo, es decir a plena luz del día. A la mañana siguiente, monté sobre mi potente moto y partí rumbo al “acantilado iniciático”, lugar que así nombré conforme iba adquiriendo más perspectiva.</p>
<p>Llegué sobre las cinco de la tarde y a primera vista dudé en bajar ya que las cosas no eran tan fáciles ni siquiera a la luz del día. Comencé a descender tal y como como lo había hecho siete años atrás, pero ahora a pleno sol de tarde y calibrando cada detalle de mi vivencia. A medida que lo hacía, fui recordando y confirmando las claves de aquella bajada tan sentida y lúcida. Conforme avanzaba iba comprobando que el descenso exigía toda mi atención y osadía. Había tramos en los que se debía poner todo el cuidado para no convertir la tarde en una tragedia estúpida.</p>
<p>Descendí muy atento, aplicando el enfoque del presente en el que tanto me había entrenado en los últimos siete años de vida. Y cuando finalmente llegué a la tercera y última etapa, me percaté de que el hecho de continuar, era una locura.</p>
<p>Resultaba curioso ver que no había forma de atravesar la cortada que ante mí tenía. No había forma humana de hacerlo, sin romperse algún hueso en su caída.</p>
<p><em>¿Cómo pude bajar aquello?, ¿en qué estado me encontraría como para cerrar los ojos sin dudar ni volver atrás?, ¿cómo había culminado esta sagrada aventura? </em></p>
<p>Sentí que aquel tramo sólo podría haber sido hecho desde un estado transpersonal de conciencia intuitiva. Solo atravesando la mente racional y desde una morada interna más profunda y arquetípica, sería posible el salto al vacío que demandaba aquella prueba iniciática.</p>
<p>Comprendí entonces el alcance de mi pasada iniciación y constaté que nunca podría haber hecho ese camino durante un estado ordinario de conciencia. Aquella última prueba sólo podría haberse superado bajo la luz de las estrellas, esa luz que revela lo profundo e infinito que convierte mágicamente la esperanza en certeza.</p>
<p>Me rendí conmovido por la confirmación del misterio expresado en aquella aventura. Llegué hasta mi moto, y regresé despierto a casa.</p>
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		<title>La noche en que saqué la cabeza de una caja de cartón</title>
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		<pubDate>Mon, 16 Apr 2012 06:15:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José María Doria</dc:creator>
				<category><![CDATA[Mágico vivir]]></category>
		<category><![CDATA[autoconsciencia]]></category>
		<category><![CDATA[experiencia]]></category>
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		<description><![CDATA[Eran tiempos de un entusiasta descubrir. Mi base se encontraba en Madrid y desde allí acercándome a los comienzos del nuevo milenio, todas las señales conducían hacia la realización de un nuevo viaje. En realidad las sincronías parecían señalar a Rishikesh, una ciudad india a los pies de los Himalayas. Reconocía que tras un ciclo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h5>Eran tiempos de un entusiasta descubrir. Mi base se encontraba en Madrid y desde allí acercándome a los comienzos del nuevo milenio, todas las señales conducían hacia la realización de un nuevo viaje. En realidad las sincronías parecían señalar a Rishikesh, una ciudad india a los pies de los Himalayas.</h5>
<p>Reconocía que tras un ciclo en el que buscando en la Unidad me había retirado del mundo y de los sentidos, me observaba de vuelta abrazando de nuevo a los mismos, al tiempo que también celebraba la vida y a sus múltiples formas por vulgares o “inferiores” que me hubiesen anteriormente parecido.<span id="more-1993"></span></p>
<p><img class="alignleft size-medium wp-image-2001" title="La noche en que saqué la cabeza de una caja de cartón" src="http://blog.jmdoria.com/wp-content/uploads/2012/04/noche-saque-cabeza-caja-carton-280x410.jpg" alt="" width="280" height="410" />En el impulso de aquel viaje que me disponía a emprender, ¡Qué poco sabía del momento de <em>gracia</em> que viviría! En realidad nada sospechaba que allí en Rishikehs, sacaría la cabeza de la “caja de cartón” y me viviría desde esa inefable unidad que todo lo abraza y Es.</p>
<p>Pues bien, partí hacia esa milenaria India, pero en esta ocasión lo hice con Raquel, un alma grande con la que bailé en lo más profundo y creativo del amor. Tras llegar a Delhi y pasar allí la primera noche, partimos en un tren hacia esa ciudad sagrada del Hinduismo. Se trata de un lugar que por su cercanía al nacimiento del Ganges, fue elegido como destino final de los peregrinos fieles a su milenaria tradición.</p>
<p>Aquel paraje compuesto casi exclusivamente por centros de yoga, templos y <em>ashrams</em> de múltiples maestros, gurús y escuelas, fue el escenario de una experiencia trascendente que no puede vivirse por más que la mente lógica o la llamada voluntad personal quiera propiciarla. En realidad o bien acontece esta porque sí, o no hay forma de lograrla por más méritos que uno haga y técnicas que practique.</p>
<p>Observé en Rishikesh que las aguas del rio Ganges que la atraviesan son heladas, a pesar de lo cual mucha gente se baña en ellas como lo manda su particular tradición religiosa. Un baño purificador que hace gala de una fe infinita, ya que por lo que pude descubrir metiendo mi propio pie, corren el riesgo de fenecer por congelación.</p>
<p>Pues bien, llegada la Nochevieja y tras realizar una práctica meditativa en silenciosa red con un número significativo de alumnos de la Escuela con los que habíamos acordado sintonizarnos, Raquel y yo fuimos a cenar a uno de los restaurantes vegetarianos más concurridos. Y sucedió de pronto, que mientras estábamos comiendo, en mi caso una vulgar sopa de tomate, entré en un estado de inusitada plenitud y lucidez, un estado que aún siendo de totalidad y presencia, era por otra parte compatible con lo más cotidiano del momento. Era cotidiano porque podía pedirle al camarero “una botella de agua por favor” y seguir hablando con mi interlocutora de las cosas de la vida. Y sin embargo al mismo tiempo, mi conciencia o sensación de identidad estaba en una supra esfera, en la que el gozo y la infinitud inundaban la atmósfera de mi percepción. Sentía y me manifestaba desde una dimensión que integraba al pequeño “yo persona” con absoluta naturalidad y maravilla.</p>
<p>Me sentía percibiendo, expresándome y existiendo desde lo absoluto de la presencia y en total unidad con todo. Y sucedía que sintiendo una alegría sin causa y plena de serenidad, mis comentarios y conversaciones con Raquel eran de absoluta cotidianeidad. En realidad<span style="text-decoration: line-through;"> </span>casi podría afirmar que ninguna persona de los allí presentes que me viera al pasar, notaría que yo estaba en un rebosante estado de paz. Nadie se percataría de que estaba viviendo en una inusitada lucidez envuelta de lo sencillo y a la vez en un centramiento interior que ignoraba cualquier forma de dispersión o contradicción.</p>
<p>¡Cuán difícil resulta explicar en palabras aquel estado de conciencia tan anónimo y discreto, como a la vez tan absolutamente magnífico, estable y fluido!</p>
<p>Mi propia cultura de lo profundo señalaba que era la supra-conciencia lo que brotaba natural y poderosa de mi Ser. Aquella maravilla, según pude luego confirmar, duraría alrededor de una hora y media. Tiempo suficiente como para constatar que no fue una brisa de sugestión o un anhelo imaginado.</p>
<p>Lo que sí observé es que dado que su llegada no respondía a intención precedente alguna, ya que sucedió acausal y gratuita, no podía ser otra cosa que un regalo del universo, un regalo que acababa de aparecer sobre mi persona y que ahora al trascribirlo me permito honrar con respeto y reverencia.</p>
<p>Debo reconocer que dicha vivencia es lo más parecido a la felicidad que mi mente ha sido hasta ahora capaz de concebir y experimentar.  Y esto lo dice un buscador que atravesando la etapa pisicodélica de los 80 y en su camino de indagación, ingirió sustancias psicoactivas en el seno de culturas sagradas de diferentes países, al tiempo que en su peregrinación hacia la esencia no soslayó los cánticos mántricos, las danzas catárticas, los giros sufíes, las oraciones y meditaciones de noches enteras en vela, las caminatas silenciosas por montañas y valles, los acampadas solitarias de montaña en puro saco de dormir bajo las estrellas, las prácticas de hiperventilación, los ayunos y las limpiezas depurativas…</p>
<p>Así pues, en aquella noche estrellada y en aquel estado “no ordinario” de conciencia, fuimos terminando la cena, al tiempo que me daba cuenta de las cualidades y características que acompañaban mi percibir. Recuerdo asimismo que acabamos el postre, salimos al exterior y contemplamos la noche a lo largo de un suave paseo. Un paseo en el que pasaron muchas cosas iluminadas, cosas pequeñas y cargadas de “normalina”, pero llenas de una bendita y sagrada sincronicidad.</p>
<p>Lo que fue sucediendo en aquel camino quedó impreso en alguna parte de mi mente y aunque no he vuelto a vivir así dicho estado de expansión, puedo decir que forma parte del patrimonio sagrado de mi vida. Es por ello que algo en mi ser quiere de alguna forma registrarlo en este escrito, al tiempo que honro a la felicidad como estado realmente alcanzable, estado que a su vez todo ser humano lo intuye como posible.</p>
<p>A veces me he preguntado, ¿qué determina la llegada o no de la misma?</p>
<p>En mi caso no puedo responder de otra forma que no sea señalando al Misterio como administrador de la plenitud.</p>
<p>En realidad si destaco este suceso es precisamente por tener la característica de elevar lo propiamente humano y cotidiano a la más alta cualidad posible. Y esto significa que la felicidad, la liberación, el estado de flujo o como se lo quiera llamar, tiene todas las características de la llamada “iluminación”, pero en mi caso alejada de esas ideas tan contaminadas de idealización que exaltan muchos textos míticos sobre el despertar.</p>
<p>Por el contrario, mis vivencias señalan el vivirnos desde la plena humanidad que se recrea ante aspectos tales como una sopa de tomate, el paso de un perrito en el camino, la compra de un anillo de bisutería en un puesto de la calle, y un abrazo con ternura y compasión que honra lo intrínsecamente verdadero y bello. Sin duda algo muy grande ajeno a ideologías y doctrinas que se revela como lo más real y cercano a la naturaleza humana.</p>
<p>Allí acabé de confirmar que existe un estado más allá del habitual subóptimo en el que nos vivimos habitualmente encapsulados. Elijo pensar que es asimismo un estado que tarde o temprano a todo peregrino aguarda, y que confirma algo tan simple como que “la salida está dentro”.</p>
<p>Allí constaté lo que sería vivir la vida de cada día desde ese continuo fluido de felicidad en un goce no condicionado por la llegada de alguna gratificación ni por la exaltación de los sentidos. Me di cuenta de que aquello que sucedía no venía de ninguna parte, sino que simplemente era un atributo del SER que se expresa desde dentro y al parecer brota en un momento dado.</p>
<p>Siento además que tan profundo estado está actualmente aflorando en muchas personas a lo largo del mundo. Y aunque por ahora sucede tan solo “a ratos”, observo que los seres humanos de este milenio lo están progresivamente desvelando. Siento asimismo que nacemos con una semilla o certeza intuitiva de que la felicidad existe y de que es posible desplegarla. Y tal y como va de acelerado el proceso de autoconciencia en el actual seno de la Humanidad, me da la impresión que no nos moriremos sin verlo realizado en una gran parte de la misma. Gran legado éste que a su vez encierra el sagrado juego de la vida: el juego de nacer como orugas y morir como mariposas.</p>
<p>Y lo que más agrada este sentir es que la avanzadilla de lucidez que desde muy dentro en Rishikesh me visitó, lejos de ser un acontecimiento extraterrestre, paranormal o lleno de visiones celestiales y proféticas, no movió mi persona del entorno normal, pudiendo vivirlo al mismo tiempo desde la integrada plenitud de la perfección.</p>
<p>Me recreo al recordar que no hubo de mi parte ninguna sonrisa exagerada, ni mis ojos perforaron las miradas de otros, ni atravesaron con sus “poderes” las superficies de las cosas, ni sabía necesariamente lo que otros pensaban&#8230; Reconozco también que mi conversación no era sublime ni maravillosa, y que mi postura física tampoco era de rectitud meditativa. Por el contrario, todo por fuera transcurría de manera discreta, respetuosa, humorística y mundana.</p>
<p>Sí, profundamente humana, y sin embargo envuelta de infinitud y presencia desde la que fluir por lo eterno de instante en instante.</p>
<p>Todo brotaba, todo era, todo sucedía.</p>
<p>Y yo latía recreado ante el puro devenir sin que nada en mí prefiriese, desease o temiese. Todos los opuestos estaban reunidos en un flujo sostenido, en los que no podía haber conflicto y en donde tan sólo brotaba paz, gratitud y celebración.</p>
<p>Y constato que esto sucedió tomando la sopa del menú, en el acto de beber, en el saborear el postre dulce, en una sonrisa de la camarera, en una mirada cruzada con los que estaban cenando en la mesa de al lado, en cierta complicidad distante que mantenía con una persona a la que miraba con discreción y cortesía…</p>
<p>Cuando salimos del restaurante hice a mi pareja comentarios muy corrientes: <em>“qué buen día hemos pasado, qué noche más bonita, qué a gusto me siento, ¿Te sientes bien?”</em> No hice casi referencia a lo que me estaba sucediendo porque lo encontraba todo espontáneo y natural, aunque en el fondo sabía que era extraordinario. Era un día más de la vida, en un calle normal, en un restaurante normal y viviendo una vida normal.</p>
<p>Fue uno de esos momentos que uno lleva en sus íntimas alforjas y que coronan un proceso de vida. Sucesos que brotan al igual que le sucede al agua que hierve de pronto, tras llevar un tiempo indeterminado en el fuego. Ignoro “cuando”, en mi vida pasada “debí haber encendido aquel fuego” que me condujo hasta tal salto de conciencia.</p>
<p>Ahora a veces pienso que tal vez cuando Eso nos encuentra, las cosas vienen de muy atrás, de muy adelante, o del eterno ahora.</p>
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		<title>Conferencia de José María Doria en Valdivia: Conquistar la Serenidad</title>
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		<pubDate>Mon, 09 Apr 2012 23:25:57 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Conferencia de José María Doria en Valdivia “Conquistar la serenidad&#8221;. Jose María Doria es el fundador y director de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal, es escritor y también miembro fundador del Instituto de Investigación de Nuevos Paradigmas. Está considerado como uno de los más lúcidos investigadores de los pliegues de la conciencia. Sus investigaciones [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Conferencia de José María Doria en Valdivia <strong>“Conquistar la serenidad&#8221;.<span id="more-1987"></span></strong></p>
<p><img class="alignleft size-full wp-image-1979" title="Conquistar la serenidad" src="http://blog.jmdoria.com/wp-content/uploads/2012/04/mindfullness.jpg" alt="Conquistar la serenidad" width="200" height="213" />Jose María Doria es el fundador y director de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal, es escritor y también miembro fundador del Instituto de Investigación de Nuevos Paradigmas. Está considerado como uno de los más lúcidos investigadores de los pliegues de la conciencia.</p>
<p>Sus investigaciones humanistas entre América y Asia se reflejan en sus programas de educación emocional, y sus conferencias en foros de diversos países, además de España, cuna de la escuela Transpersonal.</p>
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		<title>Conferencia de José María Doria en Viña del Mar: Conquistar la Serenidad</title>
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		<pubDate>Mon, 09 Apr 2012 23:21:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Conferencia de José María Doria en Viña del Mar <strong>“Conquistar la serenidad&#8221;.<span id="more-1984"></span></strong></p>
<p><img class="alignleft size-full wp-image-1979" title="Conquistar la serenidad" src="http://blog.jmdoria.com/wp-content/uploads/2012/04/mindfullness.jpg" alt="Conquistar la serenidad" width="200" height="213" />Jose María Doria es el fundador y director de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal, es escritor y también miembro fundador del Instituto de Investigación de Nuevos Paradigmas. Está considerado como uno de los más lúcidos investigadores de los pliegues de la conciencia.</p>
<p>Sus investigaciones humanistas entre América y Asia se reflejan en sus programas de educación emocional, y sus conferencias en foros de diversos países, además de España, cuna de la escuela Transpersonal.</p>
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